Barcina: entre pitos y flautas –entre tambores y trompetas–, alrededor de dos millones de presupuesto municipal en eso que ahora se llama imagen y antes –antes de Goebbels y Riefenstahl– se llamaba propaganda. No sé por qué hay quien considera a Riefenstahl una gran maestra del cine. El cine es cine cuando no se pone veinticuatro veces por segundo al servicio de mentiras y mistificaciones propagandísticas. Una imagen debe valer tanto como su capacidad para expresar verdades no suficientemente dichas. Pero en eso a lo que llaman sociedad de la información o de la imagen, nada que no hay sido “puesto en valor”, esto es, nada que no reclame mediante una imagen su precio mercantil, es considerado siquiera existente. Barcina lo sabe y presupuesta –a cargo del contribuyente, para mayor escarnio de lo público– la promoción de su imagen política: se “pone en valor” –igual que el Reich se promocionaba por prensa, por radio y por medio de Riefenstahl– por un precio cercano a los dos millones de euros. Ahí está no lo que vale sino lo que nos cuesta una imagen. La imagen de algo así como una estrella política. El drama de las estrellas –de las del cine, cuando las había: de Garbo o Marylin– era que las grandes mentiras públicas de su imagen mataban las pequeñas verdades de su vida particular. En eso que llaman la sociedad de la imagen, aquel drama se ha hecho tragedia: los millones invertidos en promocionar cualquier falsedad estelar –falsedad inconcebible sin la repetición incesante de una imagen machacona, pues sin la repetición de la imagen la estrella se apagaría– sepultan verdades enormes, si no millonarias. El festival financiero que ha desencadenado eso que llaman crisis, se ha cobrado ya en el mundo, nada más empezar, a cuarenta millones de nuevas víctimas del hambre. Pero ésa es una verdad que no cuenta con un presupuesto cercano a los dos millones de euros para ser repetida tan frecuentemente como lo será el año próximo, una vez más, la omnipresente imagen de nuestra estrella.

