Tiene sentido relacionar a la difunta señora Palin, cuya vida se prolongue por muchos años, con la señora Barcina, que es de temer nos gobierne por lustros, menos por mérito propio que por demérito ajeno. Al cabo, el coche oficial de la señora Barcina, siempre bien dispuesta en la promoción de sí misma a disfrazarse de peatón o de ciclista, fue sorprendido encima de un paso de peatones mientras nuestra particular gobernadora de Alaska se aprovisionaba en un comercio de modas, como una Sarah Palin más. No hay evidencias de que la alta costura tenga relación con la alta cultura, pero es obvio que está muy relacionada con el vacío cultural. Desde mediados de los 80, la moda, como todo lo que no sabe ya qué es pero quiere seguir existiendo como sea, se ha constituido en burbuja que se perpetua a base de hacer imagen y, lo que es peor, a base de hacer propuestas –va de suyo que rompedoras, vanguardistas, visionarias–. La moda propone, así que nadie se disponga a seguir sus propuestas, de por sí irrealizables. Lo tragicómico de la señora Palin es que, tras constituirse en burbuja, se desinfló. Ahí se acabó la gran esperanza blanca de la gélida Alaska. Por contra, la señora Barcina, que se ha sostenido a sí misma durante lustros como burbuja mediática a base de hacer imagen –de hacerse fotos a pie de propuesta, día sí y día también–, aun con varias de sus propuestas culturales en abierta recesión, si no desinfladas o diferidas ad calendas grecas –como la conversión de la antigua estación de autobuses en una dotación cultural, emblemática, faltaría más–, sigue siendo esa burbuja política que se proyecta impasiblemente hacia el horizonte pamplonés de la inverosímil capitalidad europea de la cultura en 2016 –amén de hacia la gobernación de Navarra–, así que para entonces no se hayan materializado ni sus propuestas culturales ni, a ese ritmo y con esas prioridades presupuestarias, una simple biblioteca general. Es el largo invierno de nuestra Alaska particular y sus calendas.

Publicado en Diario de Noticiasdn

marcas