Si salgo de casa y tiro hacia la izquierda, enseguida llego al Centro de Arte Contemporáneo de Huarte, donde he entrado a veces, aunque no recuerdo muchas cosas. Recuerdo que hace tres años vi allí, con otros tres excéntricos, Miró 73. Toiles brûlées, una película sobre la última tentativa incendiaria de Joan Miró –sobre sus telas quemadas de los años 70–. «Miró –dice Octavio Paz– pintó como un niño de cinco mil años de edad». Un niño muy mayor que de vez en cuando necesitaba olvidar –quemar– la historia del arte para pensar lo esencial. Hemingway, que tonto no era –tampoco era íntimo de Barcina, aunque ella hable de «Ernesto», sino amigo de Joan Miró, el del agónico grito republicano en la pared: «¡Ayudad a España!»– compró a finales de los años 20 un miró esencial, uno de los que habría que salvar como fuese de un incendio: La masía. Los museos se justifican porque existen mirós como el de Hemingway. Por lo demás, podría pasarse por ellos a la velocidad que llevaba Warhol cuando atravesó el Prado. Si salgo de casa y tiro a la derecha, llego pronto a un edificio con un aire a la casa de Hopper en la que se inspiran las casas de Psicosis y Días del cielo. «El palacete» le llaman. Cien metros más allá hay una sucursal de La Caixa, con el logo de Miró, que es bonito e incluso peor: ahí apunta un Miró que amenaza con deslizarse hacia las mascotas olímpicas, las sillas de mírame y no te sientes y el merchandising de los museos. Junto a la sucursal hay un colegio público. En el patio del colegio hay dos murales de Miró. Miró no los pintó, pero eso no importa. Cada tarde, cuando un tropel de niños pasa por delante de los mirós e irrumpe en los columpios del exterior, un niño de cinco mil años, otro Joan Miró esencial, el de las Constelaciones, el que era capaz de volver a pintar las escenas de juegos de niños de Brueghel el Viejo con auténtica ingenuidad, revive por ahí. De la dudosa trasparencia en la selección de personal para los museos locales bajo los gobiernos de Sanz y Barcina –con Roberto Jiménez de asociado– hablamos otro día.

Publicado el 1 de abril de 2011 en Diario de Noticias