España no perdona, qué le vamos a hacer. Será por eso –por honrar la sacrosanta tradición del «España no perdona»– que a lo largo de la jornada del pasado miércoles, diversos exponentes de la secular raza celtibérica pasaban por el blog del difunto Eduardo Haro Tecglen y, junto a los testimonios de pena, iban dejando rotundas muestras del irreductible irracionalismo hispánico. De entre ellas, el «Muerto el perro, se acabó la rabia» era de lo menos destemplado que se podía leer. No, Haro no era el último republicano; pero bien se ve que no se le perdonaba el que nos recordase de dónde venimos –qué irracionalismos históricos arrastramos–, quiénes somos –la raza a palos que fusiló o mandó al exilió a la mejor generación intelectual de su historia: la de la república– y hacia qué peligrosos olvidos de lo uno y lo otro vamos. Sí que era uno de los últimos columnistas. En la columna hay alguien –una sintaxis, más que un estilo–, una forma de estar en el mundo –de verlo y de crear huecos en él para el encuentro con otros– o no hay nada. Columnistas, creo yo, han sido Montaigne en sus Ensayos, Adorno en su Minima moralia, Sánchez-Ferlosio en sus Pecios, Haro en cualquier cosa que hiciera. Por lo demás el columnismo hace rato que está en el postcolumnismo, donde, en el menos malo de los casos hay quien hace de estilista o de oenegé, y en el peor de ellos de chismoso. La pena por la pérdida de Eduardo Haro Tecglen ha sido mucha –de nuevo a su blog me remito– y se comprende que así sea: entre el unilateral machaque matutino de las noticias radiofónicas y la prolífica estulticia del alegre chismorreo que sigue a ellas, encontrar un remanso para el entendimiento, hecho de memoria, razón e inteligencia, es raro. No: muerto Haro, la rabia –la sinrazón– lo tiene mejor. Muerto él, queda un país un poco peor: el que viene muy crecido y sin terminar de recuperarse del racial desprecio por la memoria, la razón y el entendimiento hacia el que lo llevó de vuelta Aznar.

Publicado en Diario de Noticias