Paréntesis forzoso en el sainete foral. En la mañana de ayer se abrió paso una nueva representación esperpéntica de ETA. Lo grotesco, lo desatinado, lo siniestro, que son los rasgos del esperpento, se puso de manifiesto con la llamada telefónica de los criminales –políticos, claro que sí, que suelen ser el más siniestro tipo de criminales– a una universidad bien distinta –y bastante distante– a aquella donde iba a empezar a girar la ruleta de la muerte. Un error esperpéntico que delata la naturaleza del horror ciego al que conduce el crimen político. En el fondo del crimen político hay un absurdo trágico, irresoluble: se pone en marcha un infierno bien real para alcanzar un paraíso ideal. Son los criminales de la obra de teatro de Camus proclamando que están dispuestos a morir matando para que desaparezca de la faz de la tierra la estirpe de las asesinos. Pero una vez que la ruleta se pone en movimiento, aparece en la escena el peor tipo de asesino: el que por razones políticas se juzga a sí mismo inocente, libre de culpa y cargado de razón –hasta la victoria final o el juicio universal–. Otro paréntesis. Los crímenes, los horrores esperpénticos en las retaguardias de la guerra civil no tienen nada de comunes –nada de prescriptibles, nada de amnistiables (el perdón es facultativo, pero el olvido no puede ni debe decretarse)– por participar de esa misma naturaleza criminal, cargada de rabia –más que de razón– política que acostumbra a derivar en carnicería y sin embargo se pretende inocente e impune. En la escena surge la estirpe de los asesinos inocentes, cuyas causas políticas siempre se presentan como más genuinas y verdaderas que cualquier otra causa, ya que el fin de las mismas no sólo admite sino que exige el máximo sacrificio: matar o morir en el intento. Al cabo, no hay otra verdad ni argumento que la sangre en la esperpéntica y cíclica representación del desatino político, de la grotesca marcha de la ruleta de la muerte y de la siniestra comparecencia del horror.

