Se acabó lo que se representaba, fuese sainete, astracanada o esperpento. Cervera, parodiando a aquel personaje tan digno del soneto cervantino, voto en conciencia –tal como estaba escrito en su papel–, miró al soslayo, recibió las parabienes de los diputados del PP y no hubo más. Telón. Flotando en el aire quedó el gran fiasco de los incautos que esperaban, ahí mismo, el desencadenamiento de una masacre asiria entre las derechas reunidas. Por su parte, el no muy calderoniano diputado Salvador, se aplicó a cumplir obedientemente lo que ciertamente no manda Calderón, pero sí mandaba el comité ejecutivo de su partido: salvar los barcos –los barcos presupuestarios de Navarra, se entiende: el apunte contable del Canal y todo eso–, que la honra –el orgullo de navarrísima estirpe– ya se salvará en mejor ocasión. Un papelón el de este paisano cuyo programa parlamentario se reduce a un eslogan: más vale honra sin la diputada Barkos, que la diputada Barkos nos eche a perder la honra. Hete aquí que el salvífico Salvador obtuvo por fin su minuto de gloria –uno de esos minutos mediáticos que para tanto fastidio suyo suele arrebatarle la diputada en cuestión–, precisamente salvando las embarcaciones –las que van a flotar por el Canal de Navarra, si es que es navegable–. Y ya está: telón y perdices para todos, incluido el autor de la obra. Probablemente el autor contaba con que del Burgo, espontáneamente, saliera a las tablas y le propinase alguna cuchillada baja, como así fue. Con lo que no contaría es con que se uniera a del Burgo una nube de columnistas madrileños, francamente alterados, que iban a llamarle mosquito, patán y sultán –gajes del oficio–. Ahí la obra empezó a escorarse peligrosamente, pero cayó el telón y no hubo más, salvo perdices para los intérpretes destacados –Cervera y Salvador– y, cómo no, para el propio autor, que aunque predecible, seguirá cosechando éxitos por estos pagos, si nadie se lo impide, lo que no parece estar previsto ni ser previsible.

Publicado en Diario de Noticiasdn

marcas