Cuando la otra mañana le oí a Cervera leer una columna en la SER, en mi cabeza empezó a repiquetear, a ritmo de bolero, la primera estrofa de una ópera-salsa puertorriqueña que decía así: “Ay, pero perdóname, Conzencia, pues no sé entodavía”. Y ya no me acuerdo de más, salvo que el que la cantaba parecía dramática y desgarradamente divido entre dos amores: Conzencia –supongo que su legítima esposa– y la otra. También supongo que cuando Miguel Sanz –ahora de vuelta por los inolvidables escenarios argentinos de Rosario, donde tanto éxito cosechara en el pasado con sus versiones de Sabina– dijo que le producía hilaridad la apelación a la conciencia hecha por Cervera, lo que quería decir es que Cervera no tiene un problema de conciencia, sino más bien uno de “Conzencia”, sobre cuya resolución nos tiene “entodavía” en ascuas. En la legislación española –creo que la última palabra al respecto la dijo el Supremo, allá por el 98–, la objeción de conciencia no se considera un derecho sino una actitud contraria a Derecho. Vamos, que de invocar eso, el peso de la ley pudiera caer sobre ti, cosa que sin embargo no ocurre en Navarra –“Tierra de Diversidad”– y en el sector médico. Para hilaridad de Sanz, Cervera habló de su problema de conciencia, cuando lo suyo se reduce a un problema de fidelidad dividida entre el amor que legítimamente tiene en la pamplonesa plaza del Príncipe de Viana –donde se le incluyó en la lista electoral por la que obtuvo un acta de diputado– y el de la madrileña calle de Génova –en la sede del PP, de la que el otro día casi sale a hombros, tras su declaración–. Hace no sé cuántas columnas dije que esto era un sainete con un final anunciado: Cervera haciendo como que le salía rana a Sanz. Rectifico: ahora parece una ópera-salsa puertorriqueña en la que Cervera dirá “Ay, pero perdóname, Conzencia”, lo que sin duda dará paso a mayores truculencias que quizá se prolonguen hasta que Barcina venga a unir lo que estos hombres no debieran haber dividido nunca.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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