dnEl ruido de las campanas es centenario, eso es verdad. Ahora que, más centenario es el ruido de sables, práctica castrense que en castellano puede nombrarse con una inusitada cantidad de términos propios, por lo demás sólo transferibles a las repúblicas bananeras y otras áreas de nuestra influencia: intentona, espadonazo, alzamiento… El mismo término caudillo, de Viriato al Generalísimo de los Ejércitos, tiene en nuestro idioma connotaciones culturales de lo más idiosincrásicas. Así que cuando, el otro día, un miliciano salió a la palestra para dar muestras de su preocupación por el curso de los acontecimientos políticos, no pudimos evitar pensar en nuestras milenarias tradiciones culturales. La tradición –y el campanario– goza hoy en España de un crédito inaudito. A mediados del pasado septiembre, bajo un ladillo que decía «Tradiciones», leí este titular: «Miguel Sanz pidió la paz en la tradicional ofrenda en la catedral». El subtitular informaba: «El origen de esta tradición data de 1946». O sea, que la tradición databa de cuando la tropa levantisca hurtó por última vez el poder político y fue paseada bajo palio en las procesiones. Entre las tradiciones inmemoriales de la humanidad están el asesinato y la violación. Es decir, que no por más tradicionales, ciertas costumbres son menos execrables. La tradición no añade ni quita valor a nada, hablemos de procesiones, campanas o insinuaciones de toque de a rebato castrense. Junto a la tradición, en este comienzo de curso político goza de mucho predicamento el toque campanudo: las declaraciones ampulosas y solemnemente enfática sobre los peligros que acechan a la patria, vengan de Piqué –alarmado por «la revancha de los que perdieron la guerra»: como si de la victoria se derivasen tradiciones políticas intocables– o de los clásicos «extremeñismos» de Rodríguez Ibarra. Nada grave, probablemente ––o eso esperemos–: el tradicional patio revuelto y la política de campanario propia de la inmemorial vida española.
Publicado en Diario de Noticias