Malos tiempos para la prosa. Digo la prosa de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América. En carta al que sería el cuarto presidente estadounidense, Jefferson decía: “Prefiero los riesgos de la libertad a la seguridad de la fuerza”. Es evidente que Barack Obama, cuadragésimo cuarto presidente de los EE. UU., no estaba leyendo la correspondencia de Jefferson cuando ordenó que los cazacabelleras de la operación Gerónimo hiciesen fuego sobre el “indio” atrapado y desarmado. Es obvio que Obama, al preferir saltarse los dictados del derecho internacional y optar por el “indio muerto” como el mejor de los indios posibles –al optar por aplicar al abominable asesino la sumarísima pena de muerte–, se encontraba en posición opuesta a la de su remoto antecesor, Thomas Jefferson. Sea dicho de paso que entre las costumbres de los indios norteamericanos nunca estuvo, por más que algunos westerns hollywoodenses insistieran en lo contrario, la de cortar la cabellera de sus enemigos abatidos: eso era lo que hacían los  buscadores de fortuna blancos conocidos como cazacabelleras, que en una época particularmente siniestra y vergonzante de la conquista del Oeste recibían en las oficinas gubernamentales un tanto por cada cuero cabelludo de  indio eliminado. A la altura de las novelas de John le Carré, a la altura de la Guerra Fría, aparecieron entre la gente de Smiley los cazacabelleras de Peter Guillam: esos sujetos no menos siniestros y vergonzantes que quienes les dieron nombre, cuya misión consistía en deslizarse por las cloacas del Estado, de espaldas a la legalidad y a cuenta del secreto fondo de reptiles. Mucho han cambiado las cosas si mandar a cazacabelleras es ahora motivo de orgullo y felicitaciones públicas. Por aquí, cuando hace nada tertulianos y tribunos en tropel se rasgaron las vestiduras porque la policía no seguía a quien tenía saldadas sus cuentas con la Justicia, ya se adivinó que eran malos tiempos para la prosa. La prosa de Jefferson.

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