La decepción amorosa que debió de llevarse antesdeayer, en el juzgado, el ex senador navarro López Borderías tuvo que ser morrocotuda. Si hay que creer lo dicho en el juzgado, siendo senador, este señor ofreció a alguien interesado en montar un híper en Barañain los servicios de su empresa para agilizar trámites. No sé si es usual entre los senadores tener una empresa de agilizar trámites. Tampoco sé si es habitual dedicarle a ese tipo de empresas las horas que el Senado te deja libres. El caso es que, según el empresario que iba a montar el híper, nuestra senador electo mostró su disposición a desvivirse por todo lo que sea “interesante para Navarra”, como el híper en cuestión. O sea, que si hay que creer al del híper, nuestro senador ofreció amorosamente –gratis et amore– sus servicios empresariales no por interés personal, sino por el interés de Navarra. “Todo era desinteresado”, dijo en el juicio el del híper. Al menos eso es lo que él creía hasta que nuestro senador le reclamó los cerca de cien millones de pesetas que le reclama por haber hecho sus trámites, entre los que se incluyen haberle presentado a miembros del Gobierno de Navarra y a un cuñado que es aparejador. La decepción amorosa del que iba a poner el híper también debe de ser morrocotuda: él que creía en el amor sincero de nuestro senador por su tierra, va y se topa con una demanda pecuniaria y de ese pelo. Por su parte, nuestro senador quiso dejar meridianamente claro que “una cosa es el amor a Navarra y otra los negocios”. Una cosa es el interés de Navarra y otra el interés a secas que él, como empresario –no como senador, aunque casualmente lo fuera–, tenía en el negocio. Se conoce que el del híper no captó estas elementales distinciones, básicas para la buena marcha de las relaciones de pareja, por lo que la cosa ha terminado en los jugados. Fuera de ellos, vamos comprendiendo un poco mejor qué significa una de las letanías con las se nos castiga más pertinazmente: el interés de Navarra.

