Seamos panglossianos: aceptemos con alegría que no hay mal que por bien no venga. Lo bueno de las panglossianas declaraciones de ZP en NY –todo va de la mejor manera en la mejor de las Españas posibles– es que, tras oírlas, a cualquiera le entran una ganas imparables de leer a Voltaire, de ir al reencuentro del doctor Pangloss, aquel optimista incorregible que, tras informarse debidamente, se negaba a caer en el pesimismo, no porque no hubiera razones de sobra para ello, sino porque un optimista no se traiciona jamás a sí mismo, eso es una cuestión de principios: “Y bien, mi querido Pangloss –dijo Cándido–, cuando os ahorcaron, disecaron y apalearon, cuando estuvisteis remando en galeras, ¿seguíais pensando que todo iba del mejor modo posible en el mundo? Yo –respondió Pangloss– sigo siendo fiel a mis primeros principios”. De modo que, cuando alguien tan informado como ZP derrocha optimismo en Nueva York, debe sobreentenderse que no es porque no conozca algún dato pesimista, sino por no traicionar su inveterado optimismo. Mientras el presidente del Gobierno aireaba su sumo optimismo, el presidente de la CEOE aprovechó para caer en un panglossismo al revés, en un derrotismo sin paliativos: estamos –dijo– en “la peor de las crisis que haya visto el mundo occidental” y –tal vez por una mera cuestión de principios– habrá que tomar medidas tan drásticas como abaratar el despido de quienes, si bien no han producido tan histórica catástrofe, tendrán que correr con sus peores consecuencias. Pangloss del derecho y del revés. Pangloss, ese hombre que no sólo no deja nunca que la realidad contradiga su filosofía, sino que siempre ve la manera de llevar el agua de la realidad al molino de sus irrenunciables principios. A la espera de los acontecimientos venideros –aterradores o exultantes, según el panglossista que lo mire–, podemos ir leyendo a Voltaire, lo que no estará de más –no hay mal que por bien no venga–, sea éste el país de las maravillas o el del cardenal Rouco Varela.

