Aprovechen que se acaban. Que se acaban los vodeviles y sainetes de ese Alfredo Landa hiperforal que es nuestro gran Miguel Sanz. Aunque previsible, la última actuación de nuestro hiperforal histrión –Sanz, no Landa, que Landa es hiperforal en el Reyno, superdonostiarra en San Sebastián y el padre fundador de Benidorm si en Alicante se premia su descomunal talento–; la última actuación, digo, de nuestro Sanz en el vodevil que lo mismo pudiera titularse Ni contigo –Mariano– ni sin ti que Dame la manita ZP, ha estado a la altura de la versatilidad que se espera en una figura del teatro autóctono de tanta vis cómica y tantas tablas –tanta mili foral– como él. La versatilidad de Sanz en este vodevil está rayando a la altura de la de Cantinflas en aquella película en la que el gran cómico mexicano era la figura decisiva para inclinar las votaciones de la ONU en favor de los rojos o los azules. Tan idealista como Sanz, para salvar al mundo Cantinflas se salvaba a sí mismo, que el altruismo bien entendido empieza por uno mismo. Para salvar la foralité –foralité, osasunité y volkswagenité es el destino de los pueblos que van en dirección contrailustrada–, Sanz tenía que salvarse a sí mismo. En ésas está, marchando con Mariano si falta hiciera –¡qué épicos recuerdos, los de aquella gran manifestación foral de marzo!– y votando con ZP si fuera menester. En ésas está, a nadar y guardar la ropa. ¿Saldrá a flote? Por qué no. Sanz tiene cualidades cómicas suficientes como para hacer que nada a favor de ZP mientras algún personaje secundario del vodevil –algún navarrísimo diputado– da el salto de la rana y tira en la votación para donde Mariano. Pero no adelantemos acontecimientos: sigamos absortos el vodevil de Sanz mientras haya sanzismo. Tras el sanzismo se nos vendrá encima la barcinité, una infinita travesía del bardenero desierto no menos previsible que la de Sanz, pero de un aburrimiento matador, sin los arranques, cabriolas y patas de banco de nuestro ilustre histrión.

