Al sur, la que llamaremos la Ciudad Innombrable se precipita por pendientes de hormigón hacia la futura avenida Juan Pablo II. Es curioso que, en inglés, hormigón se diga concrete. Nada ha habido últimamente más concreto en la Ciudad Innombrable que sus ríos de hormigón. Juan Pablo II fue el pontífice –aunque no hiciese puentes, viaductos, túneles– que restó entidad mitológica al infierno. Si hemos de creerle, el infierno no es ese lugar de Dante donde un cortesano navarro, uno que daba su favores no del todo honestos a quizá algún constructor, hierve en calderas de pez. El infierno no es un lugar físico sino un estado metafísico. Pero en Las ciudades invisibles aventura Calvino lo contrario: el infierno es lo más concreto que existe. El infierno es aquí, en la Ciudad Innombrable y en cualquier ciudad visible. El infierno es ahora, en el momento en el que un cortesano de hoy maquina el sobrecoste de otra gran obra. Supone Calvino que de los horrores del infierno sólo se escapa, bien olvidándose de ellos, bien buscando en el infierno aquello que no es infernal. Y al intento de ensanchar el espacio de lo no infernal es a lo que, propiamente, habría que llamarle ciudad. Al norte, avenida de Guipúzcoa adelante, la nociudad llega a su último dique en la calle Víctor Eusa. De Eusa, arquitecto al que la Ciudad Innombrable debe parte de su fisonomía, habría de saberse tanto su valía profesional cuanto su contribución personal al infierno de la última contienda incivil. Pero a la mención de esto último los gobernantes de la nociudad no le llaman historia sino remover heridas. Justo enfrente de la calle Víctor Eusa, ya en los arrabales de otro municipio, comienza una microciudad invisible que ciertamente no se ve de no detenerse en ella. Es la que podríamos llamar la Ciudad de las Bellas Mujeres. Allí las calles se llaman María Domínguez, María Moliner, María Curie, Shirín Ebadi, Rigoberta Menchú, Madres de la Plaza de Mayo… Mujeres que soñaron espacios distintos al infierno ordinario.



