En 1966, de paso por Londres, el poeta Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan –comparado por algunos con Picasso y llamado, con razón, Dios–, tuvo una mala idea: ir al encuentro del entonces prosista John Winston Lennon. Zimmerman pensó –otra mala idea– que su encuentro en la cumbre con Lennon debía quedar grabado. El encuentro entre los dos olímpicos resultó catastrófico. El poeta, en tierra extraña, estaba borracho y cansado. El prosista, con la ventaja de jugar en casa, se mostró escéptico y algo irónico ante la otra divinidad, a la que tanto había admirado. Al final del encuentro, Dios –Dylan–, incómodo, declara que quiere irse a casa, a América, donde “hay –dice– partidos de baloncesto y shows de televisión durante toda la noche”. El irónico dios inglés, igualmente incómodo, apostilla: “Parece prometedor”. Como se ve, el episodio es pura mitología. Según entienden los filósofos, el mundo contemporáneo comenzó con una división de los dioses, ya cansados. Por un lado estaban los que, histriónicamente –con ese histrionismo que los genios, los monstruos como Picasso o Dylan gastan en las grandes ocasiones–, seguían interpretando su viejo papel con toda indiferencia, ocasionalmente incluso con destellos de brillantez, aunque en el fondo tuvieran una irrefrenables ganas de irse a casa a ver los partidos de la NBA. Por otro lado estaban los divinos que, descreídos de su propia condición, se entregaban a una destructiva iconoclastia. A eso, sin duda, había llegado John Lennon a finales de los 60, cuando en su bello poema nihilista –atrás quedaba ya la prosa– titulado Dios, escribe: “Dios no es más que una idea con la que medir el tamaña de nuestro infortunio. No creo en lo increíble; no creo en Jesús, en Kennedy o en Buda; no creo en Zimmerman ni en los Beatles… Queridos amigos, la ilusión del sueño ha terminado: haced vuestro camino por vosotros mismos”. He querido recordar este episodio mitológico ahora que la sombra de la divinidad se proyecta sobre nosotros.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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