Diríase que sinceramente abrumado por el descubrimiento, el consejero de Educación, en la firma de un convenio divulgativo junto a la presidenta del Parlamento, declaraba el pasado miércoles que “es sorprendente el desconocimiento y la lejanía que hay entre los escolares con respecto a las instituciones navarras”. El susto que se va a llevar el consejero el día que averigüe la distancia desde la que los padres de todas esas criaturas escolarizadas ven ceremonias institucionales como la protagonizada por él, será de aúpa. Eso contando con que la sorpresa del consejero fuese auténtica, que lo dudo. Para remediar tanta distancia, la presidenta del Parlamento ha anunciado que se presentará personalmente en las escuelas: “Desde que accedí al cargo dije que uno de mis principales objetivos era acercar el Parlamento a los ciudadanos”. A qué presidente del Parlamento no le habremos oído una declaración idéntica. Y cada vez que volvemos a oír una declaración semejante, la distancia –por cansancio, por aburrimiento– se hace un poco mayor. Cuál de ellos no se habrá ido del cargo dejando las instituciones un poco más lejos de la ciudadanía que cuando llegó. Cuanto se les ocurre o cuanto pueden permitirse consejero y presidenta para acercar las instituciones a la ciudadanía es hacer una gira estelar por las escuelas, no abrir sus despachos a la gente y menos todavía considerar seriamente la posibilidad de abrir las listas electorales, de modo que cada electo responda más y mejor ante sus electores. A buen seguro, la gira escolar está destinada a lograr el mismo éxito que la iniciativa de la alcaldesa de Pamplona consistente en “abrir los cauces participativos” al permitir a los ciudadanos votar por uno u otro cartel de fiestas –votar por eso y por nada más–. Así, pues, cabe dudar de que la sorpresa de nuestros representantes por la distancia con que chicos y grandes les ven sea auténtica. La distancia es el arte que ellos cultivan, intensivamente, incluso cuando hablan de ella.

