Hubo filosofía antes de Ferran Adrià, si bien ya olvidada. Adrià es el sensacional filósofo postderridiano al que debemos creaciones tan audaces como… el pelo al bogavante o la alcachofa deconstruida. No sé si fue Adrià quien hace un año, cuando se dejó caer por aquí por siete millones de las antiguas pesetas –Vargas Llosa no iba a venir al congreso barojiano del que nunca más se supo y había que traer a otro intelectual de peso–; no sé si fue Adrià quien dijo aquello de que las verduras autóctonas –convenientemente deconstruidas por algún maestro del pensamiento del siglo XXI, el pensamiento culinario– habían de ser nuestro Guggenheim. Las masas van comprendiendo la única filosofía verdadera de nuestro tiempo y de ahí que se hayan echado a devorar pinchos de diseño en el Baluarte, un edificio construido con la misma filosofía de Ferran Adrià, ínfulas bilbaínas aparte. Olvidemos a pensadores anteriores a Adrià tan equivocados como los que definieron el poder como la ambición de perpetuarse en él a cualquier precio o con cualquier espectáculo. Olvidemos las consideraciones filosóficas sobre la naturaleza amenazante de estructuras de poder tal que los partidos políticos, aparentemente de actualidad, a nada que observemos estos días los movimientos nada disimulados de una María San Gil o de algún navarro que otro, de este o de aquel partido. Olvidemos todo eso porque llegaríamos a la conclusión de que estructuras de poder tan consustancialmente burocratizadas como los partidos políticos son, a diestra y siniestra, el enemigo. Pero qué va: son los burócratas de estructuras de poder como los partidos políticos los que han descubierto el mundo feliz de nuevos espacios de reconciliación entre los poderes y las masas ávidas de satisfacción. Espacios como el del Baluarte durante el Congreso Vive las Verduras, en los que no sólo las ideas filosóficas anteriores a Adrià quedan superadas, sino en los que las ideas políticas se renuevan tan creativa y deconstructivamente como la verdura autóctona.
