El poeta y clérigo catalán Jacint Verdaguer –algo ultramontano, algo integrista– experimentaba esos inefables arranques de arrobo místico a los que por aquí damos en llamar ‘momenticos’ cuando ascendía a alguna cumbre del Pirineo. “Los catalanes que suben aquí –dice el verso de un célebre poema de Verdaguer– aman todavía más su tierra”. Así que para Verdaguer, el montañismo, siempre que se practicase en los Pirineos, era un ejercicio de afirmación patriótica. De haberse ido al Pirineo, el parlamentario Jiménez –Txentxo– podía haber vuelto recitando a Verdaguer. Podría haber argüido a su vuelta que lo suyo no son vacaciones en plena temporada parlamentaria, sino ejercicios espirituales en la cumbre. El parlamentario tendrá en el Himalaya otros momenticos, pero no los que, si hay que creer al poeta catalán, procuran las ascensiones a las cumbres patrias. Tampoco tendrá allí los momenticos que el castizo vive en los sanfermines. De todos los momenticos sanfermineros, ninguno de tanto arrobo místico como ‘el momentico’. Quizá para que el parlamentario que se nos fue de vacaciones más allá de los montes patrios viva más intensamente el momento místico por antonomasia, NaBai ha propuesto en el Ayuntamiento pamplonés la recuperación del “recorrido íntegro de la procesión del 7 de julio, garantizando el momentico”. La propuesta le hubiera gustado a Verdaguer, no por montañera, sino porque el clérigo catalán, como integrista, estaba por la integridad de las procesiones. Por su integridad y por su supremacía sobre cualquier otra cosa, que en eso consiste el integrismo. Mientras NaBai mira por preservar las esencias espirituales del casticismo pamplonés, Sanz aún disfruta del orgiástico momentico de gloria política –su no a los de los 400 euros– que le ha dado la integridad foral, que es también madre de ese integrismo autóctono por el que aquí –hasta que el Parlamento (íntegro) quiera– no se permite lo que se condena ultramontes, es decir, más allá de los montes, en el Vaticano.

