William Klein, Grands soirs & petits matins.
De vuelta a algunas películas de o sobre el 68. El cine ayuda bastante a entender el 68, que empezó en el 67 y del que el Mayo parisino es un episodio más. Son películas que no se verán en las salas del Reyno –ese que ahora eleva a Alfredo Landa a sus altares culturales–, en ninguna de sus universidades, auditorios y arenas. Hablo de títulos tan lejanos a los de las películas protagonizadas por Landa en el 67 o el 68 como estos: El fondo del aire es rojo, de Chris Marker; Grandes tardes y pequeñas mañanas, de William Klein; Los amantes regulares, de Philippe Garrel; Morir a los 30 años, de Romain Goupil; La sociedad del Espectáculo, de Guy Debord… Infortunado Debord, cuarenta años después del 68 deglutido por las trituradoras académicas y excretado como nota al pie de los ladrillos con los que se asciende en el escalafón universitario y se costruye un chalé en una de esas urbanizaciones que matarían del susto al mismo Debord. Es Hobsbawm, de paso por el París del 68, quien cuenta cómo el estamento académico ni olió Mayo. Los que sí se olieron algo fueron quienes, como Klein o Marker, se echaron a la calle y dejaron que sus cámaras participasen del desconcierto. Lo que sus películas muestran es algo tan simple y tan decisivo como una polifonía de voces que dice: «Tengo algo que decir y nadie va hablar por mí». En esas películas, cómo no, no dejan de oírse los discursos que a derecha e izquierda se arrogan la voz de los demás, en nombre de esto o lo otro, de la nación o del pueblo. Discursos idénticos a los de quienes hoy consideran aquello como un acné juvenil del que fatiga hablar. Nada más político que el combate entre la memoria y la desmemoria. Nada más político que encumbrar a Landa u olvidar el 68. Entonces, por un instante, la voces se impusieron a los portavoces y todo tembló. Luego, de nuevo, el Orden: ese en el que Irak sería todavía más posible que Vietnam. Un Orden dentro del que un portavoz tan desmemoriado como Roberto Jiménez piensa inventar «la izquierda creativa». No es una ocurrencia bufa del Landa del 68.



