La hipérbole, figura retórica que aquel maestro de Salamanca definía como una enunciación que juega arriesgadamente con la verdad, tiene un peligro que para qué. Tal peligro tiene que Cicerón prescribe no servirse jamás de ella en el foro público. Quintiliano es más contundente al desaconsejarla: nec alia via magis in cacozelia itur, o lo que es lo mismo, “por ningún camino se llega antes a la cacozelia
[a ponerse en ridículo]”. En el mejor de los casos –añade Quintiliano–, la hipérbole provoca risa; en el peor, evidencia estulticia. El retórico foral que, tras afirmar que “400 euros dan para una cena y poco más”, se ha excusado diciendo que quiso utilizar –sin éxito, como era de temer– “una figura literaria como la hipérbole”, y que hay cierta frivolidad al elevar esa anécdota a categoría, aparte de mostrar su nulidad para el razonamiento lógico –si la exageración que consiste en elevar lo anecdótico a categoría es una frivolidad, nadie más frívolo que él al reducir primero lo de los 400 euros al ridículo, para elevarlo después a cuestión por la que no pasa–; aparte, digo, de mostrar su nulidad para el razonamiento, muestra su habilidad para empeorarlo todo con las patas de atrás y dar pruebas de su conocida sensibilidad social. No consciente de que el mileurista fundiría el sueldo en dos cenas y media de las que él presupuesta –esas grandes cenas de las que sería hiperbólico decir que están las sepulturas llenas, pues bien se ve que sobreviven mejor a ellas quienes en más número las disfrutan–, el gran retórico foral quita hierro a sus frivolidades, tildándolas de hiperbólicas. Que la hipérbole gusta a Sanz bien se ve, no sólo cuando exagera sino cuando quita importancia a lo que la tiene, como esos informes de Comptos adversos a las marrullerías de su administración, a los que responde diciendo que “Comptos no es infalible”. El estilo, la hipérbole en este caso, es el hombre; y ahí está nuestro desventurado cacocelíaco retratándose de nuevo en ella.
Publicado en Diario de Noticias

