Entre mis temores recientes está el que a continuación confieso: un día cualquiera, ese sonriente y numeroso gruppo di famiglia cuyos componentes varían, pero en el que no suelen faltar ni Yolanda Barcina ni Elena Torres –ni el presidente foral ni el consejero de Turismo–; ese grupo musical tan retro, tan de los 60 y tan de actualidad; ese grupo yeyé, digo, empieza a hacer chasquidos con los dedos y al unísono se arranca a cantar la mítica canción del Padre Mariano de Blas, ¡Viva la gente!, internacionalizada por el grupo acústico-religioso del mismo nombre. Ya nuestro grupo local tuvo ocasión de arrancarse a cantar tan alegre melodía con motivo de la cesión de la colección Huarte a la Obra. La ocasión era pintiparada porque, precisamente, ¡Viva la gente! nos retrotrae a los tiempos de expansión urbanística del Opus en nuestra recatada capital de tercer orden, con la inestimable ayuda de los autoridades municipales y regionales. A no dudarlo, aquella expansión reverdece de un tiempo a esta parte sus laureles entre una general y beatífica alegría. Sin duda, la colección de la señora Huarte, aun no siendo la de Peggy Guggenheim, dará pie –Moneo mediante– a que la Obra, con el entusiasmo no disimulado de nuestra autoridades, ponga otra pica urbanística en este Flandes de tercer orden. El mismo consejero de Turismo se mostró sorprendido de que los parlamentarios todos, a la vista de tan divina operación, no se hayan puesto en pie y se hayan arrancado a corear el hit del Padre de Blas. ¿Qué otra cosa le queda ya por hacer a Barcina sino instituir los sanfermines viva la gente? Por lo demás, al omnipresente grupo musical deben incorporarse cuanto antes los promotores de esa pionera experiencia autóctona llamada banca cívica, pues no contentos con haber promovido la revolución desde los bancos, proclaman ahora que la misión de los instituciones de crédito e hipoteca no es otra que derrochar a manos llenas felicidad e ilusión entre la gente. Todos juntos: ¡viva la gente!

