Hace 75 años que el autor de Capital de tercer orden lamentaba la inasistencia del consistorio pamplonés al ancestral y muy solemne voto de las Cinco Llagas. Nada tendría que lamentar hoy el cronista. Como manda la tradición y manda Dios, hace unos días, una amplia representación de los munícipes pamploneses votados por unos y por otros acudió a la tradicional cita para renovar sus votos y, de paso, ser sujeto paciente de la tradicional filípica que el predicador lanzó contra la infidelidad conyugal, calamidad de otros tiempos y de nuestro tiempo. Todo en orden en la capital de tercer orden, ahora postulada como capital europea de la cultura. A no dudarlo, entre los atractivos culturales que la capital de tercer orden puede presentar en su expediente hay varias procesiones de una acrisolada ancestralidad –entre otras ceremonias religiosas de obligado cumplimiento para los poderes civiles, como la llegada del Ángel del otro día–. Menos prolífico es el panorama capitalino de exposiciones. Las salas de la Ciudadela –tan heladoras y disuasorias– acogen estos días una supuesta exposición de arquitectura hispanoamericana, en realidad unos cuantos paneles baratos, de cartón pluma, con fotos mejorables y unos textos pletóricos de erratas. Ése es el plato fuerte del menú municipal. Ya se sabe –¿o no se sabe?– que lo de las capitalidades culturales no es más que otro pretexto –uno de lo mejores– para profundizar en los procesos urbanísticos de aniquilación de las viejas ciudades y su reconversión en grandes centros comerciales al aire libre, anden o no anden. Es indiscutible que en su expediente de méritos para obtener la capitalidad cultural, si no el dinamismo ciudadano nacido a raíz de una profusa e incesante inversión en dotaciones y actividades culturales, nuestra capital de tercer orden podrá esgrimir la acelerada reconversión urbana de los últimos años. Reconversión que, sin embargo, ha dejado voluntariamente intacta la grisalla ambiental de un tan serio cementerio.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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