Tengo poderes, o eso creo. Poderes de adivinación. Los descubrí el miércoles. Leía que la plantilla de la Corpas Corparation va a ensancharse con el fichaje de un asesor barciniano –hijo de un histórico miembro del Consejo de Cultura corpasiano que a su vez es patrono, junto a Pucho Vallejo, de la Fundación Arte Viva Navarra (no confundirla con Arte Viva Europa, de cuyo patronato es Antonio Catalán, del clan de los corellanos)–… Lo sé: esto es un enredo endogámico de proporciones mitológicas. Pues leía, digo, que el primer trabajo del joven Hércules barciniano que se pasa a los corpasianos será buscar un director para el Museo Oteiza, cuando noté que Apolo merodeaba a mi alrededor. Total, que trabamos conversación. A ver –me dijo el olímpico–. A ver si sumas dos y dos. La adivinación no es más que eso. Veamos. Un barciniano se hace corpasiano. ¿Por qué? ¿Porque la directora de Cultura dejó el puesto de la noche a la mañana? ¿Por qué la número uno de la guardia de corps de Corpas habría de dejar la dirección de Cultura de buenas a primeras? ¿Por qué precipitar una vacante en el organigrama corpasiano en el preciso instante en que era urgente cubrir otra? ¿Quizá para cubrir la vacante museística con la número uno de la guardia de corps? Tú, Apolo –interrumpí al inmortal–, ves más que los simples mortales. ¿O quizá –prosiguió impertérrito–, porque alguien próximo a la directora cesante, vista la endogamia del clan, está destinado a cubrir la vacante museística? Il suo marito? –pregunté expectante–. ¿Por qué me hablas en italiano? –me recriminó–. Porque la cabeza se me ha ido a Sicilia –me excusé–. No te digo –prosiguió el dios del raciocinio– que tú no tengas poderes de adivinación. Pero entonces –inquirí de nuevo–, ¿el Hércules barciniano viene con el trabajo ya hecho? Tú lo has dicho, no yo –apostilló el inmortal–. Es tu profecía. Si aciertas, que tus lectores te lo premien; si fallas, que te lo demanden –y Apolo se convirtió en una densa nube que hizo ¡puf! y desapareció–.

