En principio no habría por qué descartar la hipótesis de que la Conferencia Episcopal Española –esa caricatura de una jerarquía eclesial campeando por los que no son sus dominios– fuese otro invento del Gobierno para perpetuarse entre los elegidos. A falta de una rotunda cuenta de resultados políticos, nada mejor que un buen enemigo común, y no digamos ya si éste se presenta en forma caricaturesca. Tal es el papel que, proprio motu o por encargo del Gobierno, interpretan los obispos, encantados de haberse conocido. Claro que tan conspirativa hipótesis queda descartada desde el momento en que el partido del Gobierno ha adoptado para la campaña electoral un lema que lo sitúa más del lado del apostolado eclesial que frente a él: “Razones para creer”, valga la contradicción en sus términos, puesto que los dominios de la razón suelen ser antagónicos de los de la fe. Creo que fue un obispo –uno de Hipona– el que advirtió que los eclesiásticos no sólo son por lo regular gente con las mismas debilidades de cualquiera, sino que pueden ser y son tan mala gente como el que más. No tienen el oficio –añadía– porque sean dignos: son dignos porque tienen el oficio. Con ese lema no lejano al pastoreo de votos, el partido que aspira a renovar en el Gobierno se sitúa en una dignidad de raíz eclesial, intrínseca al oficio, que no necesita demostración, sólo fe. Y si la dignidad se le presupone al político por el hecho de serlo, entonces, en efecto, no queda más que creer ciegamente en él, así que haga el ridículo o clame como cualquier mal bicho por la higiene y buenas costumbres de los emigrantes. De ser así las cosas, todo dignatario de una u otra confesión, de uno u otro partido, por el hecho de serlo tiene igual dignidad y merece el mismo derecho a que se crea en él, se haya ganado o no el respeto de la parroquia. Adiós al reino de los justos en la Tierra. Bienvenidos a la ciudad de Dios, donde nadie puede negar autoridad a los pastores, lo sean de almas, de conciencias o de votos.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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