Entre los tópicos cuyo significado resulta misterio, aparte de ‘friqui’ y ‘trasversal’, está ‘normalizar’. Normalizar lo usó con profusión esta semana la presidenta del Parlamento Navarro, según la que, en su balance de lo que va de legislatura, la normalidad detectada –vaya usted a saber con qué detector– es el reflejo de la estabilidad institucional que impera –nunca mejor dicho– en Navarra; estabilidad que ha permitido un diálogo normalizado del Gobierno en minoría con los grupos de la oposición. Traducción: la vida sigue igual y el Gobierno conservador campea por sus imperios merced a la connivencia con el mismo –gracias a la regular colaboración o diálogo normalizado– del partido de la señora presidenta del Parlamento, al que erróneamente se presuponía de oposición. Sin embargo, la tarea de oposición ha sido frenética, según la señora Torres. De ahí que el Gobierno impere por donde solía, con aires no muy distintos a los de legislaturas anteriores. No es de extrañar, pues, que, como observó la presidenta, la tarea del parlamentario conservador que ha venido sustituyéndola resultara gratificante. Gratificante y, si todo hay que decirlo, gratificada. Lo que no sería gratificante, aunque sí gratificado, es la reciente intervención parlamentaria de Roberto Jiménez en la que éste sostuvo que los informes de Amnistía Internacional atacan a las instituciones democráticas. Por otros lares en los que estarán en el error se creía e incluso se daba por acreditado lo contrario. Históricamente, lo que ha atacado a la democrática es la falta de control de los resortes del Gobierno o del Estado y para ejercer ese control estaban los parlamentarios. Quizá eso que ahora llaman vida parlamentaria normalizada les haya puesto a salvo de cumplir tal deber. Se conoce que el deber no pasa ya de hacer los deberes partidistas: de salir a la tribuna o a la palestra para declarar, aun en contra de la evidencia, que todo marcha de acuerdo a la normalidad más normalizada.

