Hoy, como suele decirse en la radio, quisiera dar un testimonio humano. Humano en el sentido amplio, amplísimo del término. Yo no oigo mucho la radio y, escucharla, la escucho algo menos. A menudo la oigo, como creo que es habitual entre mis congéneres, como quien oye llover. En esas andaba cuando me pareció que, más que llover sobre mojado, caía piedra y que había que ponerse a resguardo de la pedregada. Ya era la quinta vez en dos días que oía a los cronistas de la SER hacer gala de un humor muy indicado para los cuarteles de antes, extendiéndose en bromas salaces sobre lo que mostraba o dejaba de mostrar un futbolista en el YouTube. Por lo visto el YouTube es, entre otras cosas, una alcantarilla robotizada de la humanidad en la que lo mejor de cada casa termina enseñando lo que más le favorece como representante de la especie. Hasta aquí llegó la pedregada, me dije, e hice girar el dial. Atónito, comprobé cómo de la alcantarilla del siglo XXI la radio saltaba a una rebotica ultramontana del siglo XIX. En ella, diversos doctores –alguno de la Iglesia, otros por la Universidad de la Ciencia Infusa–, trinaban contra laicistas, ateos y demás canalla. Si es que, dijo el doctor por la Universidad de la Ciencia Infusa, de paso que saludaba cordialmente a todo el Gobierno, son como las nazis, que también quisieron exterminar el catolicismo, inventando todo tipo de ridículas ceremonias alternativas a las religiosas. La tertulia de rebotica se interrumpió ahí para dar paso a la robótica. Automáticamente entró una cuña publicitaria en la que se anunciaba algo de una modernidad casi pareja a la del YouTube: una tarjeta VISA de tan integrista emisora, que no sé qué éxito tendrá entre una audiencia a la que cabe suponer tradicionalista y poco amiga del plástico. Esto es lo que oí y así ha sido mi testimonio humano, similar al de cualquier congénere que tenga la debilidad de exponer su materia gris a los efectos de las amplias dosis de youtubina o copeína que por ahí circulan.

