
Lorenzo Aguirre, Luz divina (1922).

Pamplona, 24 de marzo de 2016.
En un Jueves Santo como este, en el que algunos concejelas «progresistas» del Ayuntamineto de Pamplona –algunos de los elegido para el cambio– anuncian que marcharán en procesión nacionalcatólica al Voto de las Cinco Llagas –«como manda la tradición», señora muy tradicionalista que siempre se considera por encima de los mandatos de la soberanía popular–, me acuerdo del pintor de origen pamplonés Lorenzo Aguirre, sentenciado a muerte y vilmente ejecutado por el franquismo –a garrote vil, coma mandaba otra de tantas españolísimas tradiciones, por el delito de su inquebrantable fidelidad a la Constitución democrática de la II República– en 1942, a su vuelta de la Francia ocupada por los nazis, en la confianza –propia de un incauto o de alguien muy desesperado– de que no sería pasado por las armas. En efecto, fue pasado por una máquina de matar que llegaba a unas cotas de crueldad muy susperiores a las de cualquier arma. Concretamente, me acuerdo de la pintura que Lorenzo Aguirre firmó en 1922 con este título: Luz divina. Aparentemente la luz de esa pintura es muy mediterránea, pero si se mira más se ve que no, que es la luz de ciudades tan tradicionalmente católicas como Pamplona. La pintura es propiedad del Prado, pero se puede ver en el Museo de La Rioja.
Por lo demás, no me queda nada claro si el reglamento que han impuesto algunos de los concejales del «cambio» –la vieja tradición franquista de imponer imperecederas costumbres sociales a golpe de reglamento– obliga a ir a votar –vamos, a ir a renovar el tradicionalísimo voto de las Cinco Llagas– o si tan solo obliga a ir vestido de gala –con el traje que se ponía Fantômas, superhéroe preferido de los surrealistas, cuando acudía a sus habituales citas con el delito–, caso de decantarse los concejales por ir a «echar el voto» a la iglesia.

Fantômas en traje de faena.