Fue el furioso y ultramontano Félix Sardá y Savany, cura de Sabadell celebérrimo por su obra El liberalismo es pecado, el que como quien no quiere la cosa, paso de propugnar la “sana intransigencia” a defender la “santa intransigencia”, concepto luego tan ensanchado por el fundador del Opus Dei y hoy tan afecto a milicias de élite católicas como los legionarios de Cristo. Entre las cosas que al cura de Sabadell debieron de ponerle frenético, no sería la de menos que, al acometerse el Ensanche de Barcelona, liberales y demás gentes de mal vivir encomendasen a un poeta la labor de escoger los nombres del callejero. Al laureado poeta se le ocurrió de todo para bautizar las calles –dinastías medievales, reinos perdidos del Mediterráneo, héroes de la resistencia, ilustres ancestros y colegas del gremio– menos lo primero que se le ocurre de manera espontánea y natural a la alcaldesa de Pamplona: Avenida Juan Pablo II. Cabe suponer que de haber vivido en la actualidad, Sardá y Savany hubiera marchado a Madrid, lleno de santa intransigencia, a manifestar lo que las masas católicas reunidas en la Villa y Corte manifiestan regularmente: que se empieza por dejar lo más santo –el callejero– en manos de cualquier chisgarabís y se termina por destruir aquello en lo que no se puede transigir, la sana familia. Sabido es lo mucho que personajes tan atrabiliarios como el cura de Sabadell, involuntariamente, hicieron en favor de las ideas que presuntamente combatían. Nos queda por ver si la santa intransigencia de hoy, involuntariamente, salva de la quema electoral a un presidente del Gobierno que, sin la inestimable ayuda de los ultramontanos, regularmente congregados por la exaltada clerecía, se las vería y desearía para sobrevivir en el puesto. Por lo demás, en parajes tan idílicos como los que nos acogen, seguiremos disfrutando de la sana intransigencia que no encuentra oposición a la natural expresión de lo que siempre fue y ha de ser por siempre, primero que nada: la santidad del callejero.

