Videla vuelve a las noticias y la casualidad ha querido que hace unos días viera Hôtel Terminus, la película de Marcel Ophuls. Hôtel Terminus: la vida y la época de Klaus Barbie es una película documental de cuatro horas largas –TVE la puso hace unos años, pasadas las cuatro de la mañana– que vertiginosamente cuenta cómo el oficial de la Gestapo Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon, tras dejar en Francia el rastro sangriento que da origen a su alias, trabajó para los servicios secretos norteamericanos y salió hacia Sudamérica por la Ruta de las Ratas. Allí, aparte de ejercer durante muchos años de lo que siempre había ejercido –de persona culta, encantadora, capaz, franca y jovial–, entrenó a algunos de los autores materiales de crímenes como los que llevan a Videla de vuelta a los juzgados. Igual que Videla, Barbie fue juzgado en su ancianidad gracias a que, de entre sus crímenes –él interrogó y torturó hasta la muerte a Jean Moulin, número uno de la Resistencia–, pudo probarse su responsabilidad directa en el envío a las cámaras de gas de cuarenta y cuatro niños judíos ocultados en una granja. “Yo ya he olvidado –dijo a las cámaras Klaus Barbie cuando lo llevaban camino del juzgado–, pero si ellos no quieren olvidar…” Como su abogado –el protagonista de El abogado del terror, la película de Schroeder–, Barbie sabía que su única defensa era el ataque: el ataque ya implícito en sus palabras a esos rencorosos que no quieren olvidar después de tanto tiempo, ni dejar morir en paz a un pobre viejo desvalido; el ataque a todo y a todos por elevación: a los franceses hipócritas y a los vengativos progresistas que en Argelia o en el Gulag cometían o aplaudían crímenes similares a los que juzgaban. Con Videla y sus crímenes de vuelta a la actualidad, oiremos de nuevo, en los juzgados y fuera de ellos, como cuando Barbie fue condenado a perpetuidad, apelar a todo aquello por lo que el acusado manifestó siempre el mayor desprecio: comprensión, clemencia, conmiseración, perdón.

Publicado en Diario de Noticias

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