Yo no veo qué pueda estar haciendo el sarkozysmo que no inventase ya el sarko-sanzismo. Salvadas las diferencias de escala –Sarkozy interpreta su papel en una escala planetaria y con un eco mediático universal–, Sanz o Barcina hasta podrían reclamar al francés derechos de autoría. El interés del presidente galo por algo tan viejo, por no decir que tan gastado –si no tan periclitado– como la política es más bien escaso. Ni siquiera parece interesado en eso tan napoleónico y tan francés a lo que los políticos se entregaron en cuerpo y alma tras la desaparición de la política: la producción de acontecimientos grandiosos, o por lo menos ruidosos –por lo general acompañados de faraónicas infraestructuras–. No, el presidente Sarkozy no dirige sus mejores denuedos a la producción de grandes acontecimientos: le basta con saber dónde va a producirse un gran ruido de actualidad para correr a firmarlo. Eso es de momento el sarkozysmo. Como a la people –más o menos beautiful–, a la primera estrella de Francia le basta con saber qué fiesta va a celebrarse para correr a retratarse en ella. Todo vale con tal de retratarse en la fiesta que vaya a ser –la fiesta–. Olvidada la política, e incluso la producción de acontecimientos ruidosos –con su correspondientes megaestructuras–, no tiene sentido trabajar en favor de la memoria, de lo que pueda o deba perdurar, sino que no hay otro sentido que la producción de desmemoria. El ruido de la fiesta de hoy sepulta los ecos de la ayer y de paso las realidades sociales o políticas. Hay quien estaría en su derecho de exigir al francés derechos de autoría. ¿Qué fue de tantos grandes ruidos como produjo el sarko-sanzismo o el sarko-barcinismo? ¿Qué se hizo del museo de los Sanfermines o del Quinto Centenario? Nada. Fue una colección de costosas fotos en sucesivas fiestas que nadie ya recuerda. De eso se trataba y aún se trata: no de la producción política de acontecimientos, sino de la producción de protagonismo. Un protagonismo estelar.

