
Javier Eder

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería. Hasta aquí la introducción de Miguel Hernández a su Elegía. No dice, como decía la conocida canción de Serrat, a quien tanto quería, sino con quien tanto quería, lo que es mejor, superior e incluso difícil de superar. Poeta es quien por ese simple golpe de mano lingüístico –por esa inesperada conversión de una prosáica “a” en un lírico “con”– nos trasporta desde la emoción de los afectos –a quien tanto quería– a la rememoración y proyección de ilusiones y desvelos compartidos –con quien tanto quería–. ¿Para qué poetas en tiempos de miserias? En tiempos de miserias y en cualquier tiempo, poetas para recordarnos con quién se han querido o han de quererse las cosas. Se jactó la presidenta de UPN, ante una oposición que recordaba a Miguel Hernández, de haber ya conmemorado el centenario del poeta con el encargo a los sepultureros habituales, a los profesionales de este tipo de ceremonias fúnebres –siempre a mayor gloria de quienes las organizan– de tres conferencias en “uno de nuestros magníficos civivox”. Luego la presidenta upeneísta mandó despectivamente a la oposición a escribir poesías, si bien, a su entender, ni para eso vale. Desde luego, eso de la poesía no está al alcance de cualquiera y Miguel Hernández, al que los incondicionales de terratenientes golpistas como los Rodezno –tal que la propia presidenta de UPN– no recuerdan más que como taurófilo, murió en prisión por escribirla y por querer algo más, algo mejor para la gente a la que los Rodezno y otros terratenientes tan mal trataban. Su muerte, la muerte del poeta por esas causas, no habría sido del todo en vano si alguien, incluidos los despreciados miembros de la oposición –de cuya existencia a veces se duda–, recordase de vez en cuando lo esencial: con quién han de quererse las cosas, con quién hacerse ilusiones. Y mejor no hacerse muchas con quien no sabe más que del dominio y del desprecio.
Publicado en Diario de Noticias (19.11.2010)