Que andamos mal de compresión lectora, en Navarra y fuera de ella, estaba visto, pese a llevar gafas o precisamente por llevarlas. No hacía falta esperar al informe PISA. Lo primero que nota hoy el gafoso de verdad necesitado de gafas –no el que las llevan como complemento– es que los rediseñadores actuales de tan viejo invento tienen una compresión lectora muy escasa del concepto ‘gafas’. Las gafas fueron concebidas para ver, para subsanar en lo posible las deficiencias de visión. Ésa era la idea, ése es el concepto que hay que comprender. En sus rediseños actuales, invariablemente firmados por Armani y compañía –hasta el punto de que es imposible encontrar en las ópticas gafas que no sean de un diseñador célebre: célebre por sus diseños de trajes de noche, perfumes, joyas o marroquinería–, las gafas son antes que nada un complemento de imagen, pensado no tanto para ver cuanto para ser visto. El concepto, pues, ha sido invertido y pervertido. La forma se ha divorciado de una función a la que responde mal e impera en un universo estetizado. La forma dominante –un rectángulo de pasta de unos cinco por dos centímetros– limita el campo de visión, obliga a diversas torsiones musculares, su sujeción –exageradamente ancha o frágilmente estrecha– se desajusta a los dos días del estreno y el sino de los materiales con que está hecha es la fungibilidad: autodestruirse aceleradamente para mayor gloria del comercio. El mal de las gafas es el que aqueja a las supuestas esculturas de Ciriza o a nuestras fastuosas inauguraciones de obras públicas: el concepto de escultura o de servicio público es en ellas residual, frente al imperio del adorno y el rédito político –la imagen triunfal–. De hecho, como acaba de demostrar la gerifalta máxima de Pamplona al colocar una placa diminuta e ilegible en la Vuelta del Castillo en homenaje a los allí fusilados, la intelección lectora, la compresión de los hechos y los conceptos, si no la propia legibilidad, es para algunos el enemigo a batir.

Publicado en Diario de Noticiasdn

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