Buscando desesperadamente la inmortalidad…  
     
 

Tras asaltar los cielos para liberar a los mortales, Prometeo pasó en el Cáucaso treinta, mil o treinta mil años –la cifra varía según los cronistas–. Pero Zeus, que le estaba secretamente reconocido, accedió a liberarlo, siempre y cuando alguien ocupara su lugar. El centauro Quirón, al que una herida envenenada producía dolores horrendos y buscaba desesperadamente la muerte, se ofreció a substituirlo. Y así Prometeo hizo suya la inmortalidad del centauro y vivió en adelante entre los olímpicos.
   Hoy, los que pueden prometer y prometen, pero no son Prometeo, más prosáicamente intentan el salto al Olimpo habilitando a final de legislatura una generosa partida presupuestaria con la que «ser inmortalizados» –como vulgarmente se llama a la pintura de un retrato, aunque el pintor no sea Velázquez ni el retratado Juan de Pareja– que va de los ocho mil euros largos (Y. Barcina) a los ochenta y tantos mil (J. Bono o J. M. Aznar).
   Dado el españolísimo vicio de enquistarse como político profesional en una sucesión de cargos públicos hasta llegar a la edad de la jubilación, hay padres de la patria que se han expuesto a los pinceles una y otra vez.