vuelo

Las remotas posibilidades de que un día cualquiera algunos amaneciésemos monárquicos se han reducido drásticamente al anunciarse en los periódicos que el Hojalatero Mayor del Reyno, el estellés Carlos Ciriza, quien pasa por escultor gracias a las no disimuladas simpatías de los gerifaltes forales hacia su persona y su obra, le ha colocado al heredo de la Corona una de sus grandilocuentes y vacías hojalatas. Digo hojalatas porque aunque la pieza se vista de acero, hojalata se queda. Este perpetrador de crímenes en hojalata –en el sentido, obviamente, de Adolf Loos: el adorno es un crimen–, ya había colocado sus chatarra decorativa, disponiendo hasta de un helicóptero, a la jerifalta máxima de Pamplona, cuyo corrupto criterio estético –Sancho Tal o Cual, Homenaje a la familia y demás adornos de tan poco fuste escultórico como mucho pedestal– es un escarnio público. Y las había colocado, faltaría más, al Gobierno foral –departamento de decoración de autopistas y rotondas– o en lugares del Salvaje Oeste como Dallas, donde tampoco saben en qué cacharrería tirar el dinero. Total, que si de la monarquía española, vistas sus aficiones e inclinaciones, no cabía esperar mucho sentido estético, al menos se le podía suponer un mejor asesoramiento; pero ni por ahí: en el jardín del futuro rey de España lucen ya las hojalatas de Ciriza. Ésta ha sido la semana de la hojalata. Notabilísima –gigantesca– es la hojalata que el Gobierno está colocando en la rotonda sur de los túneles de Ezkaba. Frente a las de Ciriza, la de Ezkaba tiene la virtud de no esconder lo que es: la cosa está entre la representación del hombre de hojalata de El mago de Oz –aunque sin embudo por corona– y el homenaje a las soldaduras del Guggenheim. El vuelo se titula y eso es lo que hay: los vuelos de nuestros gerifaltes traducidos en hojalata, en autopistas, rotondas y jardines, a 120.000 euros la pieza, para escarnio de las difuntas vanguardias artísticas y del criterio estético de ellas derivado.

Publicado en Diario de Noticias

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