Aurelio Arteta, Los descargadores y El puente de Burceña (óleos sobre lienzo, años 20).

 

Chimenea de fábrica, por George Bataille (1929)

Si tengo en cuenta mis recuerdos personales, pareciera que desde la aparición de las diversas cosas del mundo, en el curso de la primera infancia, las formas arquitectónicas terroríficas para nuestra generación eran mucho menos las iglesias, incluso las más monstruosas, que ciertas grandes chimeneas de fábrica, verdaderas cañerías de comunicación entre el cielo siniestramente sucio y la hedionda tierra barrosa de los barrios de hilanderías y tintorerías.
    Hoy, mientras esteras muy miserables, en busca de ubicación para su admiración clorótica, inventan llanamente la belleza de las fábricas, la lúgubre suciedad de esos enormes tentáculos me parece mucho más repugnante, los charcos de agua bajo la lluvia, a sus pies, en los terrenos baldíos, el humo negro a medias esparcido por el viento, las pilas de escoria y de hierro viejo son los únicos atributos posibles de esos dioses de un Olimpo de albañal y yo no estaba alucinado cuando era niño y mi terror me hacía discernir en mis terribles gigantes, que me atraían hasta la angustia y algunas veces hasta me hacían huir corriendo a toda velocidad, la presencia de una temible cólera, cólera que presentía, se transformaría más tarde en mi propia cólera, dando un sentido a todo lo que se corrompía en mi cabeza y al mismo tiempo a todo lo que, en estados civilizados, surge como la carroña en una pesadilla. Sin duda, no ignoro que la mayor parte de la gente, cuando percibe chimeneas de fábrica, ve únicamente el signo del trabajo del género humano y nunca la proyección de la pesadilla atroz que se desarrolla oscuramente en ese género humano como un cáncer: en efecto, es evidente que en principio nadie considera ya lo que se le evidencia como la revelación de un estado de cosas violento en el cual se encuentra comprometido. Esta forma de ver infantil o salvaje ha sido reemplazada por una manera de ver sabia que permite considerar una chimenea de fábrica como una construcción de piedra que forma un caño destinado a la evacuación del humo a gran altura, es decir, por una abstracción. Pero está claro que el único sentido que puede tener el diccionario aquí publicado es precisamente el de mostrar el error de las definiciones de ese tipo.
   Hay razones para insistir, por ejemplo, respecto al hecho de que una chimenea de fábrica sólo pertenece de manera muy provisoria a un orden perfectamente mecánico. Apenas se eleva hacia la primera nube que la cubre, apenas el humo se enrosca en su garganta, ya es la pitonisa de los sucesos más violentos del mundo actual, en la misma forma, es cierto, que cada mueca del barro de las veredas o del rostro humano, que cada parte de una agitación inmensa que no se ordena en forma diferente a un sueño o al hocico velado e inexplicable de un perro. Por eso es más lógico, para situarla en un diccionario, dirigirse al muchachito que aterroriza, en el momento en que ve nacer de una manera concreta la imagen de las inmensas, siniestras convulsiones, en las cuales toda su vida se desarrollará y no a un técnico necesariamente ciego.

Georges Bataille, 1929

 

Jean Vigo, fragmento de À propos de Nice (1930)