Si no va para una semana de preparativos y aperitivos de la enorme inauguración triunfal que llega ya, la de la nueva estación de autobuses de Pamplona ??la I Magna Inauguración Triunfal de la Temporada Política??, poco le faltará. Y la semana postinaugurativa que vendrá después. Desconozco si la docena y media de millones, hablando en pesetas, que vienen a costar estos fastos triunfales iba ya incluida en el presupuesto inicial, si tal cantidad queda para la factura final ??siempre sorprendente?? o si va a beneficio de inventario. Del inventario de éxitos políticos de quienes triunfalmente inauguran, que desde hace lustros son los mismos césares augustos: él y ella, ella y él. Calderilla, comparado con los gastos que suponemos comportó aquel desfile triunfal, el celebrado alrededor de los idus de marzo, del que nunca supimos el precio. Por si el panorama del fin de semana no fuese suficientemente romano, el paisaje de por sí mortecino y otoñal de la capital del Reyno se verá animado con las alegrías circenses que traerá la inauguración: en particular, las de esa gran noria que no parará de girar en las inmediaciones de la obra inaugurada para alegría de chicos y grandes, por no decir que para contento del populacho todo. La impudicia, la ostentosa desvergüenza con que los inauguradores preparan la partida económica correspondiente a los fastos inaugurales y se pasean durante días ante los fotógrafos, saludando a la plebe desde el carro triunfal, de tan vista como está ya, ni produce escándalo. No lo produce desde luego entre esos senadores romanos que, lejos de dejarse las cejas en el control de los fastos, pierden los codos en el olímpico esfuerzo por abrirse un hueco en la foto inaugural. A la gloria, senadores, a las páginas de la historia. A la gloria y luego a la noria, con infantil y beatífico candor. Alguien debiera darle cuerda a la noria, luego de que césares y senadores se acomoden en ella, y tirar la llave a la alcantarilla de la historia.

