Para orfeón, el Orfeón Donostiarra. Y para ofertón, el Ofertón Pamplonés. Que se lo pregunten si no al consejero de Cultura y Turismo, que no ha podido resistir la insuperable oferta del Ofertón Pamplonés –por lo demás, regularmente subvencionado por ese mismo consejero– para viajar a Guasintón. Y por allí andan todos, por donde Lincoln dio las tres voces y por donde suele andar Barcina cada año con su turístico séquito, en tan inexcusables como infructuosas labores de promoción navarro-festiva, lo mismo que estos días han andado por aquí unos munícipes de Yamaguchi. Los japoneses han quedado sorprendidos por lo tradicional –eso dijo uno de ellos, creo que el Munícipe Máximo– que es todo esto. Escribo Guasintón, parafraseando a los ordinarios del lugar que durante los pasados Sanfermines colgaron en el coso taurino pamplonés la pancarta con la que declaraban su amor incondicional a nuestra Munícipe Máxima: “¡Olé tus güebs, Barcina!”. La Munícipe Máxima no reconvino a tan soeces paisanos su poca policía de vocablos; vamos, que no les afeó su ordinariez. Ya advirtió aquel que toda reacción, toda contrailustración, toda involución conlleva una degradación lingüística, una bajada del pistón léxico, una contundente ordinariez expresiva. Véase si no el vocabulario de ocasión que suelen gastar golpistas y admiradores. Y en ésas o parecidas estamos, con esta derecha tan testicular que se manifiesta contra la interrupción voluntaria del embarazo –no en Navarra, claro, donde tal cosa no se da, así que la ley diga misa– al grito de “¡Viva la madre que nos trujo!” y que declara su amor a la vaticanista Barcina con un rotundo “¡olé tus güebs!”. No sé cómo los palmeros de Barcina no salieron con su pancarta a la inauguración de la nueva estatua papal que la Munícipe Máxima ha encasquetado a esta tradicionalísima ciudad. Ciudad que, pese a sus ofertones, quedó fuera de la carrera por la capitalidad europea de la cultura, en la que por descontado siguen los donostiarras y su orfeón.
Publicado en Diario de Noticias

