Navarra, las cosas como son, ha escrito páginas de oro en la historia del surrealismo. Con luz propia brillan los momenticos históricos vividos en marzo de 1974, cuando el pamplonés Antonio Añoveros (1909-1987), nuevo Obispo de Bilbao, invocó el canon 2.334 del Concordato y amenazó con excomulgar a Franco, Generalísimo de los Ejércitos. Lo surrealista es que, a Añoveros, a franquista no era fácil ganarle. Pero eso, Arias Navarro y otros indocumentados del Gobierno no lo sabían. De modo que cuando el nuevo Obispo de Bilbao consintió la publicación de la evanescente declaración de amor a su tierra que el clero vasco tenía preparada, Arias fletó un Mystère del Ejército del Aire para que recogiera al obispo y lo pusiera ipso facto en Portugal. El obispo dijo al literato –pues escribía– que fue a detenerlo, que si le tocaba un pelo, el Jefe del Estado quedaba excomulgado. Así, entre unos gobernantes de comunión diaria y los jerarcas que los paseaban bajo palio, se abrió la mayor crisis diplomática vivida desde la Desamortización de Mendizábal. Vinieron y fueron embajadores, mediadores, negociadores: una simple declaración del terco navarro en favor de la indisoluble unidad de la Patria podría bastar. No hubo tal. Quizá, quien fuese capellán voluntario de requetés –y a quien algunos testimonios sitúan como confesor de fusilados en el verano del 36– consideraba que la unidad de la Patria la había forjado él. La tensión subió por las nubes cuando el antiguo capellán de requetés se presentó en Madrid tocado con una txapela, en Pamplona prenda igual de típica entre partidarios de la unidad de la Patria que de su disgregación. Un día, todo aquel globo que a Berlanga o a Arrabal no se les hubiera ocurrido inflar, se desinfló solo, simplemente. Buscadores, wikipedias y demás ciberfamilia sitúan a nuestro surreal eclesiástico en el ámbito del vasquismo y el antifranquismo. Nunca la difusión del error y de la desinformación había contado con tantos recursos como hoy tienen a su servicio.
Publicado en Diario de Noticias
