Entre las imágenes terribles de la guerra civil está la del padre Morilla, párroco de Durango, muerto mientras celebraba misa. En la imagen se ve su inmensa corpulencia, abatida al pie del altar, emergiendo entre los cascotes. El techo de la iglesia se le vino encima cuando los trimotores italianos de la aviación fascista soltaron sobre el núcleo urbano sus once toneladas de bombas. Mola había prometido el día anterior arrasar Vizcaya y las amenazas de Mola no solían ser metafóricas. El padre Morilla no fue, ni mucho menos, el único eclesiástico que perdió la vida en aquel bombardeo indiscriminado de población civil. La respuesta a la pregunta, hoy formulada por algunos, de por qué Roma no beatifica a esos otros «mártires», hay que ir a buscarla unos pocos meses antes de lo de Durango. Unos meses antes, la tropa de Mola avanzaba por Guipúzcoa y a su paso había llevado al paredón a eclesiásticos como José de Ariztimuño, Aitzol. El lehendakari Aguirre denunció en Radio Bilbao el asesinato y la persecución de algunos sacerdotes «por ser amantes del pueblo vasco». Desde Pamplona, donde se asentaban las bases del nacionalcatolicismo en marcha, el Cardenal Primado, Isidro Gomá, le contestó en su «Carta abierta al Sr. Aguirre». En ella, el mismo Gomá que se había reunido con Franco y obtenido la promesa de que se pondría coto a «abusos de autoridad» como el asesinato de Aitzol, le informaba al lehendakari de que la muerte de esos clérigos era debida a que se habían «apeado del plano de santidad en el que tenían que haber permanecido». He ahí, pues, la respuesta que hoy buscan algunos al extraño hecho de que la guerra civil española solo produjese mártires en uno de sus bandos: los del otro, aun sin saberlo, como no lo sabría el párroco de Durango cuando los fascistas italianos le echaron el techo de la iglesia encima, se apearon en marcha de una santidad que hoy vuelve a ser noticia y que, más que oler a lo que su nombre indica, huele a lo de entonces: a chamusquina.
