Así que el miércoles, a las diez menos cuarto de la noche y a la altura de los billares Liverpool, dejé a mi izquierda un panel de dimensiones soviéticas que hacía propaganda de no sé qué otra bulla de Mangado y seguí adelante. Quizá porque iba al cine, me acordé de que Liverpool estaría en mi lista de las películas más bellamente desoladoras de la primera década del siglo XXI, y me acordé de aquella en la que Ingrid Bergman decía: “¡Patriotas! ¡En una mano llevan la bandera y con la otra van vaciando los bolsillos de la gente!”. Es que me vino a la memoria la tumultuosa jura de bandera de septiembre de 2006 en la que Pachi –y Pucho– declararon su amor a la patria en Aizoáin. Pasé sobre el oscuro aparcamiento en construcción de la calle Olite, dejé atrás a algún grupo de poteadores natos –nacidos para potear–, superé una cervecería donde la parroquia seguía en la pantalla las evoluciones de la filosofía de Guardiola y entre en el cine. La sala 1, donde debía proyectarse Ne change rien, del portugués Pedro Costa, estaba desierta. Pasó el tiempo. Nadie. A las diez, el éxito de Chuck Berry que sonaba se interrumpió abruptamente y me dije: ahora es cuando me invitan a irme a casa, dada la clamorosa falta de quórum. Pero no. Se hizo el silencio. La luz rasgó la oscuridad como en las viejas películas de vampiros y Jeanne Balibar empezó a cantar las mismas canciones, una y otra vez, buscando una emoción, un tono, un vínculo, igual que el director en cada secuencia. Hora y media de cine después salí a la calle, miré al agujero del aparcamiento y me dije: Pamplona, qué lujo. Quizá la única ciudad del mundo donde se puede ver una película de Pedro Costa con toda la sala para ti. Tal vez la única capaz de cerrar su biblioteca general por un año y, desde luego, ninguna más dispuesta que ella a sacrificar partidas del presupuesto cultural con tal de financiar a sus Pachis predilectos los congresos internacionales y las obras cósmicas precisas para el que mundo los reconozca.

 

Publicado en Diario de Noticias

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