Si descartamos que el repentino ataque de sensatez sufrido en horas recientes por Miguel Sanz se deba a algún accidente neurológico, no nos queda más que aceptar que la sensatez, de la que ahora parece dispuesto a dar muestras a manos llenas, es una de las virtudes constitutivas de su persona. Eso sí, se trataría de una virtud celosamente ocultada en un pasado reciente, si no por mero cálculo político ??erróneo, vistos los resultados de las urnas??, sí por amor al Reyno de sus desvelos ??por espíritu de sacrificio patriótico, vaya??. Naturalmente que el agudo ataque de sensatez sufrido por Sanz no llegó al extremo de confesar que ejercía intencionadamente como histrión cuando, con aire frenético y desencajado, agitó el espantajo, no del todo infalible ??al espantajo de ??¡que vienen los vascos!? me refiero, sí?? para arrastrar a manifestarse a toda la gente de bien junto a Rajoy y sus pendencieros mariachis. Por descontado que el súbito y muy sincero ataque de sensatez padecido por el que fuera tonante y tronante presidente, más de los navarros de bien que de la gente de mal vivir y erróneo pensar, no ha llegado al extremo de confesarnos lo que no sabemos si algún gobierno futuro, de los diversos que se barajan, llegará a revelar: el coste para el Erario de aquella puesta en escena llena de flameante y flamígero navarrismo. Con la irrupción en la escena de la amenaza, esa sí que real, de los fantoches criminales de ETA, la perspectiva de un cambio de algo más que de caras en el Gobierno se hace aún más ilusoria. No habrá que extrañarse si finalmente lo que prospera es eso que los navarrólogos ??los mismos que histriónicamente pedían el voto contra el cambio?? piden ahora en nombre de la sensatez: que todo cambie para que todo siga igual; vamos, para que siga Sanz. Puesto que Sanz ya no es Sanz, sino el hombre que a raíz de su inopinado ataque de sensatez cosecha aplausos entre los navarrólogos, en el previsible caso de no haber cambio, por lo menos habremos vivido todo un cambiazo.
