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Los libreros de Pamplona, que este año honran la memoria de quienes les antecedieron: aquellos que hace sesenta años salieron por primera vez a la calle para vender los libros que la censura nacionalcatólica les dejase vender. No serían muchos libreros ni tampoco muchos los libros. Entre estos últimos, no estarían los libros que Indalecio Prieto daba por entonces a la imprenta, en México. En México creo que murió Miguel Yoldi, pamplonés que ejerció de librero en los primeros años de la República, poco antes de cerrar su librería de la bajada de Javier para unirse a la revolución anarcosindicalista. Yoldi, pues, habría vendido los libros que en la calle Mayor hacía Ramón Bengaray, impresor que alguna relación amistosa tuvo con Indalecio Prieto y que llegaría a presidente de Izquierda Republicana. A donde no llegó nunca Bengaray es a México. En México había estado, ciertamente, su cuñado Bernardo Zapatero, Plutarco, conocido en Pamplona por ese mote, dada su admiración por el general mexicano Plutarco Elías Calles. A Venezuela, no a México, llegaría finalmente la familia Bengaray Zapatero, pero no el cabeza de la misma, Ramón. Ramón Bengaray había aprendido el oficio de tipógrafo, se estableció como impresor, prosperó y causó sensación en la Pamplona de los años veinte con su publicidad, como cuando empapeló las calles con unos cartelones en los que se leía: «Bengaray hace carteles. ¡Toma, no!». Bengaray hacía carteles, libros, música vocal, política, y con qué energía y convicción. Él abrió en la plaza de la República, ahora del Castillo, la sede de Izquierda Republicana. El día que la sede de Izquierda Republicana fue asaltada por los camisas azules, puede que Bengaray supiese que nunca más vería a su familia ni llegaría al exilio. El resto es una sórdida historia: nuestra sórdida historia. La pista del impresor Bengaray, después de un intento fallido de pasar al otro lado de la frontera, se perdió para siempre en el colegio de los Escolapios, por entonces cuartel general de requetés. Allí desaparecieron él y otros impresores cuya memoria no puede honrarse en una tumba y a los que quizá alguien recuerde un día como ahora se recuerda a los libreros.

Publicado el 1 de junio de 2007 en
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