El más grande. Aquel de quien nunca se dudó jamás, por otra parte. Cada tanto le rendían homenaje. Se hablaba de él un poco en pasado. Era un error, claro. Testarudo, Tati tenía sus ideas sobre todo, y hacía proyectos quiméricos. Ideas sobre el cine –estaba listo para batirse en favor del cortometraje, no quería que el cine pierda su lado artesanal– y planes para films futuros. El último se llamaba Confusión. Tati ya no poseía nada más que su nombre y unas cuantas obras maestras en su haber cuyos derechos no le pertenecían. El desastre financiero de Playtime lo había arruinado. Nunca se recuperó, pero a los que le decían que el film era bueno –uno de los mejores– les respondía: «Tuve razón, ¿no?».
Lo vuelvo a ver, sin duda ya enfermo, tez de cera y cabellos blancos, gran cuerpo encogido y movedizo, en su pequeña oficina de los estudios SIS a la que iba todos los días para no abandonar la idea de que pertenecía todavía al mundo del cine. Tenía una manera única de comenzar una frase en voz baja, con palabras, y terminarla en el esbozo de un movimiento. Escucharlo era ver una puntuación viviente, comas que se animaban, paréntesis y onomatopeyas que se convertían en discurso, en danza. Era como esas estrellas que solo tienen que indicar el lugar del movimiento que ya no pueden hacer para que lo veamos en la imaginación. Más aún: para que la emoción se mezcle con la risa. En música, se diría: swing.
Tati inventó el sonido moderno en el cine. Como se dice en estos casos, todos, siempre, le deberán todo. Lo hizo siguiendo su genio cómico, haciendo reír. No le bastaba con ser un clown de genio, saber mimar el tenis, el tráfico automovilístico o la angustia del arquero ante el tiro definitivo: ademas, tenía que hacer de un film una creación completa. Era un autor, si es que esta palabra tiene todavía sentido. Todo el mundo se acuerda de un ruido de puerta en Las vacaciones de Monsieur Hulot, de un insecto en Día de fiesta, de una pelota de ping-pong que dobla los ruidos de los pasos en Playtime. No había necesidad de descomponer el film en penosas etapas –guión, diálogos, puesta en escena, música–: todo ello le venía de una vez. Y luego, se ponía a trabajar.
Solo él, después de Keaton, logró hacer reír a los más con el espectáculo de las cosas a punto de descomponerse. El análisis como producto de una furiosa síntesis. Por eso necesitaba de la inteligencia del público, del mismo modo que un trapecista tiene necesidad del alambre. Pues en realidad no contaba historias, lanzaba golpes de sonda de etnólogo bromista a la sociedad francesa, la única que le interesaba y de la que formaba parte de modo tan esencial, viéndola como una tribu simpática pero en perpetuo cambio. En un momento dado, en lugar de administrar la imagen de un Hulot convertido en abuelo, abandona a su doble, hace de él una cita viviente, el patrón indiscreto de un pequeño mundo, el observador mejor ubicado en sus metamorfosis. Sus ataques contra el mundo moderno y el conservadurismo estrecho que le animaba no deben enmascarar el hecho de que retrató este mundo moderno mejor que nadie. Más aún: en parte, lo prefiguró. Un gran designer.
Desde la guerra, cada generación de pequeños franceses creció entre dos metamorfosis de Tati. En lugar de decir atolondradamente, nací en tal año, habría que decir: nací entre Jour de fête y Hulot; entre Hulot y Mon oncle; entre Mon oncle y Playtime; después de Playtime. Él, de todos modos, era único.
Serge Daney, Libération (1982)