Media España ocupaba España entera con la vulgaridad, con el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros. Barcelona y Madrid eran algo humillado. Como una casa sucia, donde la gente es vieja, la ciudad parecía más oscura y los Metros olían a miseria. Con la luz de atardecer, sobresaltada y triste, se salía a las calles de un invierno poblado de infelices gabardinas a la deriva, bajo el viento. Y pasaban figuras mal vestidas de mujeres, cruzando como sombras, solitarias mujeres adiestradas -viudas, hijas o esposas- en los modos peores de ganar la vida y suplir a sus hombres. Por la noche, las más hermosas sonreían a los más insolentes de los vencedores. Jaime Gil de Biedma