{"id":918,"date":"2010-08-16T16:23:39","date_gmt":"2010-08-16T15:23:39","guid":{"rendered":"https:\/\/www.edder.org\/?p=918"},"modified":"2010-09-04T10:20:35","modified_gmt":"2010-09-04T09:20:35","slug":"el-tamano-de-los-libros-por-juan-g-ponce","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.edder.org\/?p=918","title":{"rendered":"El tama\u00f1o de los libros, por Juan G. Ponce"},"content":{"rendered":"<p>Un libro es, tambi\u00e9n, un objeto. Pero es un objeto cerrado, cuya apariencia no nos entrega su secreto, sino que, al contrario, con mucha frecuencia contribuye a apartarnos de \u00e9l, como, desgraciadamente, ocurre con otras muchas manifestaciones de la vida del esp\u00edritu en el mundo contempor\u00e1neo, dando lugar a la aparici\u00f3n de un nuevo fen\u00f3meno, que, a su vez, es una manifestaci\u00f3n de la fisonom\u00eda de ese mundo, tal como lo configuran las exigencias que crea. (\u00a1Uf!) Para el asiduo concurrente a las galer\u00edas de arte, por ejemplo, ese fen\u00f3meno, que nos revela la posible ambig\u00fcedad que las obras de creaci\u00f3n adquieren al convertirse en objetos, no es nuevo. \u00c9l est\u00e1 demasiado acostumbrado a que los cuadros expuestos en esas galer\u00edas nunca sean lo que muestran, aunque lo que muestren sea lo que est\u00e1 a la vista. Al comprar un cuadro ya no adquirimos un objeto; emprendemos una aventura que nos ofrece la posibilidad de que ese objeto nos conduzca a otra parte. Pero, \u00bfqu\u00e9 ocurrir\u00eda si, una vez lanzados a la aventura, renunci\u00e1ramos al medio conductor? Despu\u00e9s de todo, sabemos ya que el cuadro no es lo que es, sino lo que su ser hace posible, y eso no \fpodemos comprarlo; su descubrimiento no est\u00e1 incluido en el precio de venta.<br \/>\nDe este modo, mediante un sistema de desarrollo comparativo un tanto oblicuo, hay que confesarlo (pero en nuestro tiempo lo oblicuo y complicado es lo verdadero o lo que pasa por serlo, lo que en el fondo y en la superficie viene a ser lo mismo), llegamos a poder pensar de los libros igual que de los cuadros. Dentro de ellos est\u00e1 la literatura; pero la literatura no son ellos. Sin embargo, con mucha frecuencia, resulta m\u00e1s f\u00e1cil dejarse seducir por el peso de las apariencias. Si la literatura no est\u00e1 en las p\u00e1ginas de los libros que la encierran, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1? Para evitar este tipo de preguntas peligrosas y corrosivas, mal intencionadas, nihilistas en una palabra, tomamos el r\u00e1bano por donde podemos e inscribimos a la literatura en la realidad del objeto. As\u00ed, el tama\u00f1o de los libros nos da la medida del aliento del escritor. La estatura de \u00e9ste est\u00e1 en raz\u00f3n directa del peso de aqu\u00e9llos. El gran escritor es aquel que produce grandes libros.<!--more--><br \/>\nPor desgracia, la cr\u00edtica y hasta el sentido com\u00fan nos hacen temer que esta afirmaci\u00f3n est\u00e9 contaminada de falsedad. Continuamente adquirimos libros grandes; pero, casi sin excepci\u00f3n, su tama\u00f1o est\u00e1 en raz\u00f3n inversa de su valor literario. Los libros grandes son muchos; los grandes escritores pocos. En la relaci\u00f3n entre unos y otros se crea un gran vac\u00edo. Lo llena, precisamente, el libro como objeto. En \u00e9l no se encuentra la literatura, sino un producto de consumo inmediato. Su valor est\u00e1 de acuerdo con el tiempo de lectura que es capaz de llenar. El libro entra a formar parte de la industria de la diversi\u00f3n.<br \/>\nEntonces, \u00bflos escritores verdaderamente grandes son los que crean obras peque\u00f1as? No s\u00f3lo se trata de esto. M\u00e1s bien son aquellos cuyo tiempo no est\u00e1 en relaci\u00f3n directa con el de sus creaciones. Su dimensi\u00f3n es puramente espiritual. He aqu\u00ed una palabra peligrosa. Ante ella, sentimos nacer de inmediato la sonrisa esc\u00e9ptica en los labios del buen lector, que, como tal, est\u00e1 lleno de mala voluntad, es un aut\u00e9ntico cr\u00edtico. Casi podemos o\u00edrle exclamar: \u00ab\u00a1Ya estamos, otra vez, en el franco terreno de las vaguedades! \u00bfQui\u00e9n sabe \u2013a estas alturas\u2013 lo que es eso del esp\u00edritu?\u00bb. Y no le falta raz\u00f3n, hay que aceptarlo. La \u00e9poca s\u00f3lo quiere lo que puede tomar por las hojas, y lo mismo da que se trate del r\u00e1bano que del libro. En cambio tenemos que admitir, no sin cierto temor, que el atractivo de esa misteriosa presencia a la que llamamos esp\u00edritu se encuentra en su inapresabilidad. Hasta cuando est\u00e1 en las concretas p\u00e1ginas de los libros, no se nos entrega f\u00e1cilmente. Se mantiene en continuo movimiento, posee un car\u00e1cter m\u00e1s bien aventurero y se niega a que lo encerremos en el marco seguro de las definiciones. Precisamente por eso est\u00e1 vivo. No hemos logrado matarlo, ni siquiera hemos podido desterrarlo de las p\u00e1ginas de los libros. Reaparece en cada gran escritor.<br \/>\nDe este modo, la realidad del libro nos ha conducido a otra, quiz\u00e1s un poco m\u00e1s compleja y cuyo contacto hubi\u00e9ramos querido evitar: la de su autor. A pesar de las dificultades que hemos intentado exponer, siempre es m\u00e1s f\u00e1cil tratar con un objeto concreto y cerrado, como lo es el libro, que con algo tan escurridizo y variable como su autor. Porque, a fin de cuentas, el libro, cualquiera que sea su con\ftenido, su clase, su peso, su tama\u00f1o, siempre es eso: un libro. En cambio, su autor no siempre es un escritor o por lo menos no s\u00f3lo es esto; puede ser muchas otras cosas adem\u00e1s: m\u00e9dico, sacerdote, ingeniero, cient\u00edfico, presidiario, hasta analfabeto. En todas las actividades se puede encontrar alguien que, adem\u00e1s, es autor de un libro; pero son pocos los que en su pasaporte o al registrarse en un hotel se atreven a poner descaradamente el dudoso t\u00edtulo de escritor. Para allanar el camino y no meternos en otras honduras, hagamos una arbitraria reducci\u00f3n y pensemos nada m\u00e1s en aquellos que por encima de todo son autores de libros. Para ellos, el libro es el \u00fanico sustento. La realidad de su tarea se encuentra exclusivamente en sus p\u00e1ginas. Inmediatamente advertimos que, a la luz de nuestras consideraciones anteriores, su situaci\u00f3n es precaria. Como objeto transformado en producto de consumo, la presencia del esp\u00edritu, que es la que nos da la verdadera dimensi\u00f3n del autor, est\u00e1 excluida de su escala de valores. Esta se rige de acuerdo con otras medidas, la del tama\u00f1o y, con \u00e9l, el contenido que produzca el mayor n\u00famero de lectores, aunque para ello del mismo modo que el tama\u00f1o tiene que estar de acuerdo con sus necesidades, el contenido deba adecuarse a ellas, ofreciendo falsas verdades reconocidas. Sin embargo, es entonces cuando el verdadero valor del libro como objeto se nos revela por completo. No se encuentra en su tama\u00f1o, ni en sus posibilidades comerciales, ni en el n\u00famero de lectores que alcance. Su funci\u00f3n es la de una especie de bodega en la que el escritor debe refugiarse. Porque las grandes obras se escriben todav\u00eda, pero est\u00e1n siempre fuera de las caracter\u00edsticas que rigen a los productos de consumo. Son demasiado breves, demasiado extensas, demasiado simples, demasiado complejas. Son incomparables. Y por esto mismo no ofrecen la seguridad de lo conocido que el consumidor exige en el objeto que compra. Mediante ellas, el libro trasciende su realidad como objeto, convirti\u00e9ndose en el refugio donde el esp\u00edritu puede esperar mejores tiempos. Este es su verdadero tama\u00f1o. El que lo determina es el del escritor que le da vida. Podemos as\u00ed decir, tristemente, que los grandes libros son los que no se leen.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un libro es, tambi\u00e9n, un objeto. 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