La chulería, el infantilismo, la simpleza, la obscenidad y los modales de reyezuelo bananero con que Trump ha anunciado que piensa quedarse en y sobre todo con Venezuela –con su petroleo, al que ha aludido directamente sin andarse con rodeos–, tras invadir el país sudamericano y secuestrar al jefe del Estado del mismo, saltándose el derecho internacional y los mínimos requisitos constitucionales de su propia nación, debería avergonzar a cualquier norteamericano. Y a todo otro ciudadano que conozca la vergüenza.
A la memoria me viene aquel retrato feroz del colonialismo debido a Evelyn Waugh, Merienda de negros (Black Mischief, 1932), y la canción de Rubén Blades sobre el tiburón guerrero, enseñoreado en y del Caribe:
«Ruge la mar embravecida
Brilla el verde azul del gran Caribe
El peje guerrero va pasando
Recorriendo el reino que domina
Pobre del que caiga prisionero…
[…]
Si lo ven que viene, palo al tiburónPa que no se coma a nuestra hermana El Salvador…»