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	<title>Javier Eder</title>
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		<title>La Passione secondo Rossellini</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Sep 2010 17:00:43 +0000</pubDate>
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		<title>Zeus, los domingos</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 07:42:55 +0000</pubDate>
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		<title>Viaje al fin de la noche, por P. Nizan</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 07:13:37 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Esta enorme novela es una obra considerable, de una fuerza y una amplitud que no acostumbran los enanos pulidos de la literatura burguesa. Mil reservas se imponen, pero eso no nos impide acoger este libro de otro modo que a las novelas tan limpias, tan idealistas, las novelas de los perritos sabios. Viaje al fin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://edder.org/images/voyage.jpg" alt="Voyage" /><br />
Esta enorme novela es una obra considerable, de una fuerza y una amplitud que no acostumbran los enanos pulidos de la literatura burguesa. Mil reservas se imponen, pero eso no nos impide acoger este libro de otro modo que a las novelas tan limpias, tan idealistas, las novelas de los perritos sabios. <em>Viaje al fin de la noche</em> es una novela picaresca, no es una novela revolucionaria, sino una novela de los miserables, como el famoso <em>Lazarillo de Tormes</em>, cuya vileza y acento a veces recuerda. Un médico, despreciable él mismo, cuenta sus exploraciones por los mundos diversos de la miseria: hay allí cuadros de la guerra, de las colonias africanas, de Estados Unidos, de los suburbios pobres de París, de la enfermedad y de la muerte cuyos trazos no pueden olvidarse. Una revuelta rabiosa, una cólera, una denuncia que derrumban los fantasmas más ilustres: los oficiales, los sabios, los blancos de las colonias, los pequeño-burgueses, las caricaturas del amor. En el mundo no hay más que bajeza, podredumbre, la marcha hacia la muerte, con algunas pobres diversiones; las fiestas populares, los burdeles, el onanismo. Céline no halla en esta novela de la desesperación otra salida que la muerte: apenas si se vislumbran los reflejos de una esperanza que puede crecer. Céline no está con nosotros: es imposible aceptar su profunda anarquía, su desprecio, su repulsión general que no exceptúa tampoco al proletariado. Esta revuelta pura puede conducirlo no se sabe dónde: junto a nosotros, contra nosotros, o a ningún sitio. Le falta la revolución, la verdadera explicación de las miserias que denuncia, de los cánceres que desnuda, y la esperanza precisa que nos lleva hacia adelante. Pero reconocemos su pintura siniestra del mundo: arranca todas las máscaras, todos los camuflajes, derriba los decorados de las ilusiones, agranda la conciencia de la decadencia actual del hombre. Ya veremos a dónde va este hombre al que nada engaña. La lengua literaria de Céline es una transposición bastante extraordinaria del lenguaje popular hablado, pero hacia el final, se vuelve artificial: el libro tiene doscientas páginas de más. Céline no se detiene en el momento en que ya lo ha dicho todo.<br />
Paul Nizan, <em>L&#8217;Humanité</em> (1932)</p>
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		<title>Un tipo aparte</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 08:15:24 +0000</pubDate>
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		<title>Luis Barragán, por O. Paz</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 16:01:08 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Artes]]></category>
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		<description><![CDATA[Durante la última semana las páginas y las secciones culturales de nuestros diarios y revistas rebosaron, por decirlo así, con las efervescentes declaraciones de los participantes en un encuentro de escritores más notable por sus ausencias que por sus presencias. Estos mismos días, en páginas interiores, casi de una manera vergonzante, salvo en un caso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante la última semana las páginas y las secciones culturales de nuestros diarios y revistas rebosaron, por decirlo así, con las efervescentes declaraciones de los participantes en un encuentro de escritores más notable por sus ausencias que por sus presencias. Estos mismos días, en páginas interiores, casi de una manera vergonzante, salvo en un caso o dos, se anunció al público mexicano que a un compatriota nuestro, el arquitecto Luis Barragán, se le había otorgado el Premio Pritzker de Arquitectura. Este premio es una consagración mundial pues es el equivalente del Premio Nobel. Luis Barragán es el primer mexicano que obtiene una distinción internacional de esta importancia.<br />
<img src="http://edder.org/images/barragan.jpg" alt="Barragán" /><br />
<img src="http://edder.org/images/barragan2.jpg" alt="Barragán 2" /><br />
¿Cómo explicar la reserva, rayana en la indiferencia, con que han recibido esta noticia los mundos y mundillos culturales de México, para no hablar del increíble silencio del Instituto Nacional de Bellas Artes? Esta actitud se debe, probablemente, a la influencia de la ideología y la política. Barragán es un artista silencioso y solitario, que ha vivido lejos de los bandos ideológicos y de la superstición del «arte comprometido». Lección moral y estética sobre la que deberían reflexionar los artistas y los escritores: las obras quedan, las declaraciones se desvanecen, son humo. Las ideologías van y vienen pero los poemas, los templos, las sonatas y las novelas permanecen. Reducir el arte a la actualidad ideológica y política es condenarlo a la vida precaria de las moscas y los moscardones. El arte de Barragán es moderno pero no es modernista, es universal pero no es un reflejo de Nueva York o de Milán. Barragán ha construido casas y edificios que nos seducen por sus proporciones nobles y por su geometría serena; no menos hermosa –y más benéfica socialmente– es su «arquitectura exterior», como él llama a las calles, muros, plazas, fuentes y jardines que ha trazado. La función social de estos conjuntos no está reñida con su finalidad espiritual. Los hombres modernos vivimos aislados y necesitamos reconstruir nuestra comunidad, rehacer los lazos que nos unen a nuestros semejantes; al mismo tiempo, debemos recobrar el viejo arte de saber quedarnos solos, el arte del recogimiento. Las plazas y arboledas de Barragán responden a esta doble necesidad: son lugares de encuentro y son sitios de apartamiento.<br />
Barragán dijo una vez que su arquitectura estaba inspirada por dos palabras: la palabra magia y la palabra sorpresa. Y agregó: «se trata de encontrar sorpresas al caminar por cualquier calle y al llegar a cualquier plaza». Las raíces de su arte son tradicionales y populares. Su modelo no es ni el palacio ni el rascacielos. Su arquitectura viene de los pueblos mexicanos, con sus calles limitadas por altos muros que desembocan en plazas con fuentes. En la arquitectura popular mexicana se funde la tradición india precolombina con la tradición mediterránea. Las formas son cúbicas, los materiales son los que se encuentran en la localidad y los muros están pintados con vivos colores –rojos, ocres, azules– a diferencia de los pueblos mediterráneos y moriscos que son blancos.<br />
El arte de Barragán es un ejemplo del uso inteligente de nuestra tradición popular. Algo semejante han hecho algunos poetas, novelistas y pintores contemporáneos. Nuestros políticos y educadores deberían inspirarse en ellos: nuestra incipiente democracia debe y puede alimentarse de las formas de convivencia y solidaridad vivas todavía en nuestro pueblo. Estas formas son un legado político y moral que debemos actualizar y adaptar a las condiciones de la vida moderna. Para ser modernos de verdad tenemos antes que reconciliarnos con nuestra tradición.<br />
Octavio Paz, <em>Vuelta</em> (1980)</p>
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		<title>Et in Arcadia ego, por P. Citati</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Aug 2010 18:00:36 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Creo que los griegos de la Edad Clásica –aquellos que leían a Sófocles y Platón, que admiraban a Fidias y los cipos del barrio Cerámico– habrían amado profundamente esa grandiosa meditación sobre la muerte que es Los pastores de Arcadia, de Nicolas Poussin, en el Louvre. Habrían amado aquella gravedad, aquel vasto sentido de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://edder.org/images/poussin.jpg" alt="Arcadia" /></p>
<p>Creo que los griegos de la Edad Clásica –aquellos que leían a Sófocles y Platón, que admiraban a Fidias y los cipos del barrio Cerámico– habrían amado profundamente esa grandiosa meditación sobre la muerte que es <em>Los pastores de Arcadia</em>, de Nicolas Poussin, en el Louvre. Habrían amado aquella gravedad, aquel vasto sentido de la tragedia, y aquella quietud, aquella serenidad, aquella armonía, brotadas de no se sabe qué manantial oculto, que permiten cruzar con un leve salto el reino de la muerte. No sé qué podía saber Poussin del arte griego, qué podía entrever de éste a través de su densísima cultura romana. Pero cuando, en 1639 ó 1640, empezó a extender sobre la tela los colores hondos y tristes del cuadro, ciertamente quería alejar del pensamiento todo recuerdo de las <em>vanidades</em> barrocas, que algunos años antes habían entrado también en su pintura. No representó ninguna de las señales de la muerte: ni calaveras, ni huesos, ni cuerpos deshechos, ni ruinas; ni gusanos, mariposas, ratas, insectos, frutas en putrefacción, como en los cuadros de aquel entonces. Y tampoco quiso aludir al tiempo que pasa y nos lleva hacia el final. No dispuso ninguna clepsidra, ninguna fuente derramando agua para recordar a nuestra memoria que los hombres son efímeros, que en el universo todo es pasajero y caduco.<br />
Aparentemente, Poussin quiso alejar incluso el pensamiento de la muerte. En el corazón de la Arcadia pastoral, desierta, sin casas, sin rebaños, sin siringas, sin fiestas, erigió una tumba maciza y casi cúbica, que parece un monumento: un monumento de proporciones perfectas, como si el arte musical de las proporciones este arte casi divino pudiese anular la angustia de la muerte. Pero luego, sobre ese monumento, grabó una inscripción terrible: <em>Et in Arcadia ego</em>; «Yo –la muerte– estoy también en la Arcadia». Por lo tanto, su poder no tiene límites: no solamente en la tierra que habitamos o en el mar, donde intentamos huir de nosotros mismos, no solamente entre clepsidras y frutas en descomposición, sino también en aquel país feliz y utópico, la Arcadia, que parece fuera del tiempo. ¿Quién se le puede resistir? No el hombre: incluso si no es necesario, como suponía Félibien, que bajo las piedras yazga un pastor. Y tampoco la naturaleza, porque, en la parte derecha del cuadro, unos árboles casi secos nos recuerdan que la vitalidad de la naturaleza puede interrumpirse sin remedio. No hay otra cosa que ella, la muerte, la innominada: tanto más presente cuanto no mencionada. Y pesa sobre este cuadro, que renuncia a los símbolos funerarios, mucho más que en todas las preciosas y suntuosas <em>vanidades</em> del siglo XVII: desnuda, impersonal, invencible.<br />
¡Qué gravedad posee <em>Los pastores de Arcadia</em>! ¡Cómo rezuma pensamiento! Entre los cuadros de Poussin, este maravilloso pintor de aquello que habita las huecas paredes de nuestro cráneo, tal vez es el cuadro más embebido de pensamiento y el que lo escucha paso a paso, a medida que se interna a través de las sucesivas fases de la meditación sobre la muerte. En primer lugar está el pastor arrodillado, que lentamente descifra con la mano la inscripción, la sigue de abajo arriba, la recoge y reflexiona sobre ella, demorándose en la palabra central: vale decir, que la innominada <em>reina también en la Arcadia</em>. El pastor proyecta sobre las piedras una sombra que dibuja el símbolo de la muerte: una hoz. No es una casualidad, porque el hombre es el punto más débil del universo, la más frágil entre las criaturas, y la sombra es su proyección. Así notamos por segunda vez la muerte sobre la piedra: como inscripción, como hoz. Y la sombra borra casi por completo una palabra: <em>ego</em>. El <em>ego</em> del hombre, su parte más caduca. Al parecer no hay salvación. Estamos encerrados dentro de la esfera de la mortalidad, de la que no logramos salir si todos los hombres, incluso los que piensan e interrogan, proyectan una sombra.<br />
El pastor de la izquierda, que con el brazo se apoya sobre la tumba, parece inquieto, postrado, distante, envuelto en una profundísima melancolía. No mira las letras inscritas sobre la tumba, no las inspecciona con la mano, como su compañero. Parece conocerlo todo desde siempre, como si para él nada en el universo tuviese secretos.<br />
A estas alturas nuestra lenta inspección del cuadro –lenta y meticulosa como la del pastor que tantea las piedras y las interroga– debe interrumpirse. La parte derecha de <em>Et in Arcadia ego</em> es completamente distinta de la izquierda, y la contradice e invierte. Con su mano vigorosa y delicada, Poussin nos introduce en otro mundo, que nada tiene que ver con el mundo arcádico. He aquí a la mujer ataviada a la manera antigua, en contraste con los pastores semidesnudos de la Arcadia: vestida espléndidamente, como una diosa, una sacerdotisa o una figura alegórica, con brillantes colores amarillos y azules; parece provenir de otra parte, de algún sitio sobrenatural que repentinamente ha invadido la Arcadia. En ella, que es el segundo centro de la representación, se oculta el misterio del cuadro. ¿Quién es? ¿La muerte? ¿El destino? ¿La escritura? ¿Una simple sacerdotisa? ¿Una diosa? ¿Atenea? ¿Mnemosine? ¿O la razón, como parece sugerir Cesare Ripa?<br />
No existen documentos o paralelismos, ni en la pintura de aquel tiempo, ni en la de Poussin; y cualquier interpretación de la mujer es sujeto de dudas y controversias. Yo quisiera llamarla la Musa del pasado. Inclina levemente la cabeza y sonríe con gravedad, porque posee un «saber» que le ha dado la extensión del tiempo. Es triste, dado que todo intento de entrar en el pasado se enfrenta con la sombra, el vértigo de la muerte, el polvo de los sepulcros: pero también es serena y apacible, porque el relato del pasado calma las almas inquietas y melancólicas. Cerca de la cabeza de la mujer se yerguen unos árboles, en parte casi secos como aquello que está muerto, en parte verdes como el tiempo que se reencarna, renace y vuelve a ser presente. Todo, por último, se invierte; ya no está la muerte con la terrible frase reiterada y los colores espectrales de la sombra, sino la luz, la vida y la alegría, con los rutilantes colores amarillos y azules del ropaje femenino, que evocan los colores de la juventud veneciana de Poussin y transforman en música las angustias y los pensamientos fúnebres, que en ese momento todavía atormentan a los dos pastores.<br />
La mujer o diosa apoya la mano sobre la espalda de un tercer pastor. Lo reconforta, lo consuela, le comunica su sapiencia, ligera como una grave sonrisa. En tanto que el pastor que interroga a la muerte nos da las espaldas, este tercer pastor nos mira directamente a la cara. No proyecta sombras, no borra el <em>ego</em>, su rostro es claro y denodado: su figura parece expresar una certidumbre y sus dedos vuelven a señalar nuevamente la inscripción <em>Et in Arcadia ego</em>. ¿Qué nos comunica, por tanto? Nos recuerda la revelación que, con un toque de su mano, la Musa del pasado le ha confiado. La muerte está en todas partes, también en la Arcadia; el tiempo nos persigue en todas partes; pero su sombra es dominada por nuestra mente, que la relata y la convierte en vida, verde como el árbol de laurel y brillante como las ropas femeninas.<br />
El simple gesto de la diosa parece inmovilizar el cuadro. Todo está quieto, tal vez como en ninguna otra pintura de Poussin. Este paisaje no cambiará jamás: estas rocas, estos matorrales, estos árboles, esta tumba, estos pastores y hasta estas nubes están aquí, es así, y <em>para siempre</em>. Este instante es eterno, como las bellas proporciones, los gestos y modales mesurados de las figuras, y como la armonía de los colores y de los sonidos. Ya no hay agua, ni clepsidra, ni tiempo. La Arcadia, que parecía derrotada por la muerte, ha vencido a la muerte: la Arcadia, el sitio donde se recoge «la rama de oro», esa rama que nos guía hacia los secretos de la tierra.<br />
 Pietro Citati (1995)</p>
<p>Véase también: <a target="blank" href="http://www.edder.org/?p=862"><em>Et in Arcadia ego</em>, por Claude Lévi-Strauss.</a></p>
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		<title>Pierrot le fou style?</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Aug 2010 19:11:15 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Mr. Godard goes to Hollywood? Some cinephile comments: «Pierrot le fou style»:]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mr. Godard goes to Hollywood?<br />
Some cinephile comments:<br />
<img src="http://edder.org/images/godard_comments.jpg" alt="comments" /></p>
<p>«Pierrot le fou style»:<br />
<p><a href="http://www.edder.org/?p=951"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p></p>
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		<title>Gansos silvestres, por H. D. Thoreau</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Aug 2010 16:40:49 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento sin domesticar, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. Un libro verdaderamente bueno es algo tan natural y tan inesperado e inexplicablemente bello y perfecto como una flor silvestre descubierta en las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento sin domesticar, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. Un libro verdaderamente bueno es algo tan natural y tan inesperado e inexplicablemente bello y perfecto como una flor silvestre descubierta en las praderas del Oeste o en las junglas orientales.<br />
Henry David Thoreau (1861)</p>
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		<title>Recuerdos</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 17:25:28 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[O: Ver en la página de YouTube Ver en Pamiela]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.edder.org/?p=935"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
<p>O:<br />
<a href="http://www.youtube.com/watch?v=E3mxaO5zYIg">Ver en la página de YouTube</a><br />
<a href="http://www.pamiela.com">Ver en Pamiela</a></p>
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		<title>Gente del Po, por J. Berger y M. Antonioni</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 16:47:18 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Artes]]></category>
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		<description><![CDATA[Michelangelo Antonioni es de Ferrara, no sólo en el sentido de que nació allí, sino también en otro más complejo, pues esta ciudad o su espíritu está invariablemente presente en su obra. (Me parece incluso que su cara, su peculiar belleza, es una expresión de la ciudad de Ariosto y la Casa de Este.) Hoy [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Michelangelo Antonioni es de Ferrara, no sólo en el sentido de que nació allí, sino también en otro más complejo, pues esta ciudad o su espíritu está invariablemente presente en su obra. (Me parece incluso que su cara, su peculiar belleza, es una expresión de la ciudad de Ariosto y la Casa de Este.)<br />
Hoy Ferrara es una ciudad extraña llena de pequeños lujos –pequeños de tamaño, joyitas, que recuerdan a los objetos pintados en los cuadros de Cosimo Tura– y dominada por una gran tristeza. Una ciudad donde las chicas se casan jóvenes y se hacen madres y luego las madres se transforman inexplicablemente en madrastras. Una ciudad en la que los padres son unos desconocidos para sus hijos, y donde nada, por más que lo conozca uno, es lo que parece ser, y poco a poco todo termina por alejarse.<br />
No sé por qué digo todo esto, pues no he vivido allí, pero todas las veces que la he visitado a lo largo de cuarenta años no han hecho sino confirmar esta impresión, y cuando empecé a leer los cuentos de Bassani, llegué a la conclusión de que probablemente era cierto. Es una ciudad semejante a una vitrina cuyos cristales están siempre empañados. ¿Y qué contiene esa vitrina? Un secreto. Tal vez un collar de secretos. O, tal vez, un arma; un arma cruel en ese caso.<br />
Quien dice Ferrara, dice también el río Po. Otros lugares guardan una intimidad mayor con el río: Cremona, Turín, la pequeña villa de Paesana, ya cerca de su nacimiento, pero Ferrara es su monumento funerario, su lápida. Después de Ferrara, el río empieza a pactar y finalmente a unirse con el más allá. Al final de <em>Gente del Po</em>, un documental de nueve minutos realizado por Antonioni entre 1943 y 1947, el primero de su carrera, aparece maravillosamente tratada esta dimensión del más allá.</p>
<p><a href="http://www.edder.org/?p=931"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
<p>La llanura del Po ha dado toda su riqueza al norte de Italia, pero el río es impredecible, siempre cambiante, sinuoso, renuente a las normas. Cuenta con una larga historia de repeticiones regulares y de impredecibilidad. Unas veces es una corriente de cieno. Otras, empuja al propio mar. Su cauce sube y sube; de ahí el perenne peligro de inundaciones. La superficie de este río femenino, tal vez el más femenino del mundo, al contrario del Danubio, que es masculino, es calma, pero unas corrientes invisibles y feroces circulan por sus profundidades. ¡Atención, navegantes inexpertos! El Po riega y ofrece buenas cosechas; y es indiferente, como lo son todos los ríos.<br />
En la película de Antonioni, el río es el protagonista, un protagonista caracterizado por su voluntad colosal de llegar al mar, pero sin mostrar jamás impaciencia. Cuando lo alcanza, el mar, en lugar de abrazarlo, le echa una mano para que se suba a la blanca cama del cielo.<br />
Los otros personajes de <em>Gente del Po</em> son el capitán de un remolcador que empuja cinco barcazas río abajo, su esposa y la hija de ambos, que está abajo en la cabina, acostada en su litera, enferma. La madre desembarca para comprarle una medicina en la farmacia de un pueblecito de la orilla. El remolcador se llama Milano, y el río no deja de recordar a los habitantes que existen otros lugares. Todo ello sucede veinte años antes del milagro económico italiano.<br />
<span id="more-931"></span><br />
Las películas posteriores de Antonioni retratan un medio rico y elegante más que el mundo del proletariado rural. Y, sin embargo, ¿no es verdad que en casi todas ellas se busca un remedio? Un remedio que nunca llega a funcionar, pese a todos los esfuerzos.<br />
Esta primera película, un breve documental en blanco y negro, mudo, es profético también en otro aspecto.<br />
Hoy reconocemos en él esa manera peculiar de enfocar las tomas característica de Antonioni, como si el centro de su interés estuviera siempre a un lado de lo que se filma, y el protagonista nunca estuviera centrado, porque el centro es un destino que no comprendemos y cuyo contorno todavía no está definido.<br />
Su caligrafia filmica no ha cambiado en esencia desde aquella primera película, que realizó a los treinta y un años. Su obra evolucionaría inmensamente con el paso del tiempo por ejemplo, incluiría el uso del color, pero la visión, el par de ojos, ya eran los mismos en 1943.<br />
Quien dice Po, dice niebla. Forma parte del singular carácter del río, como el olor de su piel femenina. El Po fue el primer río en el que se instalaron radares años después de que se filmara esta película, pues sus nieblas pueden ser impenetrables. Las nieblas se extienden en toda la llanura, creando esa peculiar atmósfera, esa tensión que tan bien describieron ciertos escritores, como Gianni Celati, y antes que él Cesare Pavese.<br />
Para entender esta tensión uno ha de preguntarse qué es lo que oculta o no oculta la niebla. Iluminada por el sol, la llanura se extiende lisa en todas las direcciones; hasta el horizonte en muchos puntos. La carreteras son rectas; las alquerías, rectangulares; los álamos, perfectamente alineados; los canales de irrigación nunca tuercen a un lado u otro. Es imposible imaginar un paisaje menos misterioso. (En Holanda, por ejemplo, siempre está presente la confusión del cielo.) Esta falta de misterio no es algo que tranquilice, sin embargo, debido a que la escala de la llanura, su geometría y su inevitabilidad empequeñecen cualquier cosa que tenga menos de dos metros de altura, la altura de un hombre o de una mujer. El desierto le empequeñece a uno con la autoridad de Dios; la llanura del Po le empequeñece con la trivialidad de un calendario implacablemente regular. Y por eso, en alguna parte, el alma suplica que caiga la niebla, y ésa es la única súplica que oye el río.<br />
La niebla cae. El aire se contamina. El aislamiento se hace insoportable. Los camiones llevan los faros encendidos, y aun así se pegan al arcén y se detienen. Aumenta la claustrofobia. Pero en el misterio de lo que hay detrás de la niebla reside un recuerdo semejante al recuerdo de una madre; no podría residir en algo tan sencillo e ingenuo como una esperanza, pues la gente de la Emilia lo ha visto todo. (No hablo en términos psicoanalíticos, ni nunca lo he hecho, sino climáticos.)<br />
Yo denominaría a este recuerdo la Virgen de la Niebla. Ésta es la región más culta y la menos mística, la menos católica de Italia. Posiblemente durante la guerra la niebla fue partisana. En cualquier caso, cuando la visibilidad queda reducida a unos cuantos metros, todos la conocen. Apenas visible, se alza con las manos extendidas, las palmas hacia delante, anunciando que la verdad es invisible (con toda la ambigüedad de esa frase) y que debemos cerrar los ojos a fin de unirlo todo.<br />
La película que Antonioni está realizando ahora con Wim Wenders empieza y termina con la niebla de Ferrara. Y su título es <em>Más allá de las nubes</em>. Después de haber contado las cuatro historias que constituyen el film, el narrador añade:<br />
«Sabemos que detrás de cada imagen revelada hay otra imagen más fiel a la realidad, y detrás de esa imagen hay otra, y todavía otra más detrás de la última y así hasta la verdadera imagen de esa realidad absoluta y misteriosa que nadie verá nunca».<br />
Quienes admiran el cine de Antonioni suelen decir que tiene la misma forma de narrar de un novelista. Quienes critican sus películas lo suelen acusar de ser abstracto, esteticista, formalista. A mí me parece que si uno quiere entrar en el mundo de su imaginación, deberá pensar en él primero como pintor. El comportamiento humano y las historias le interesan, pero siempre empieza con la apariencia de las personas o de los lugares. Sus percepciones más importantes son preverbales. (Por eso, tal vez, utiliza tan bien el silencio.) Kieslowski, por ejemplo, es un verdadero novelista del cine porque tiene en cuenta las consecuencias de las acciones. Antonioni contempla la silueta de una acción con el mismo deseo del pintor de encontrar en ella algo atemporal. Incluso llegaría a decir que con frecuencia se olvida totalmente de sus consecuencias.<br />
No estoy sugiriendo nada original; sabido es que Antonioni ha realizado exposiciones de pintura. Pero si volvemos al Po y a la Virgen de la Niebla, y si recordamos que es pintor, descubriremos, creo yo, la clave de su obra.<br />
Las películas de Antonioni cuestionan lo visible hasta que ya no queda luz bastante para ver nada más. Lo visible puede ser Monica Vitti o Marcello Mastroianni o la orilla de un río o el casco de un barco o un árbol o una cancha de tenis. A diferencia de los pintores de verdad, no puede tocar la imagen con las manos; tiene que atacarla de otras formas: mediante la luz, el movimiento, esperando con una especie de cautela cinemática.<br />
Su objetivo es que nos quedemos mirando sus películas con la misma fijeza con la que miramos correr el Po; igual que Monet miraba fijamente la profundidad de su estanque de nenúfares; igual que camina uno intentando vislumbrar algo entre la niebla.<br />
La esperanza que le mantenía con cada película, creo, era que si las mirábamos atentamente, saldría algo a nuestro encuentro, algo que a él casi se le había escapado, algo tan real que no tiene nombre.<br />
A mitad del documental <em>Gente del Po</em>, un campesino afila la guadañajunto a la orilla y una hilera de mujeres vestidas de negro rastrillan el heno. Una de ellas endereza la espalda para mirar el río en el momento en que pasa el remolcador. Es joven. No se parece a nadie. Al sonreír deja ver unos dientes blancos y ligeramente protuberantes. Y sonríe porque mientras mira el ancho río con su colosal voluntad de llegar al mar, algo sale de él y viene a su encuentro. Lo podemos leer en su rostro. Pero no lo podemos ver en la película.<br />
J. Berger (2000) &#8211; M. Antonioni (1943-47)</p>
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		<title>A, e, i, o, u, por Huillet &amp; Straub</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2010 22:40:15 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Extraordinario: a, e, i, o, u. Danièle Huillet y Jean-Marie Straub a partir de un texto de Elio Vittorini:]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Extraordinario: a, e, i, o, u.<br />
<a target="blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Dani%C3%A8le_Huillet">Danièle Huillet</a> y Jean-Marie Straub a partir de un texto de Elio Vittorini:</p>
<p><a href="http://www.edder.org/?p=926"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
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		<title>El día renace, por V. Jankélévitch</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Aug 2010 06:35:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>«Vamos, mortales, despertaos: el día renace; la verdad regresa a la tierra y las vanas imágenes se desvanecen» (Leopardi). Qué amarga es la verdad de la mañana. Qué decepcionante el despertar. Bien es verdad que al llegar la claridad del día se esfuman miedos ridículos y hechizos nocturnos; Estrella, Chiarina y Florestán desaparecen al sonar las seis en los campanarios de la ciudad; pero Chernogob, Kachtchei y los espíritus de las tinieblas del <em>Monte Pelado</em> desaparecen con ellos. Porque la fe declina al alba (Dostoievski, <em>Demonios</em>, II, 7, 1)… El país de las maravillas y los prodigios se extingue. Los encantamientos del jardín de Armide y la Noche de Mayo o la Noche de Navidad se disipan con el sol matinal junto a las brujas de Mlada. Las ocho, es hora de ponerse serio. El hombre recién levantado, sereno y lúcido, el hombre en ayunas, decepcionado pero tranquilo, abandona sus fantasías y sus pesadillas. Es la hora en que el pianista hace sus escalas. Al principio de sus <em>Sports et divertissements</em> Satie escribe: «Por la mañana, en ayunas»… La seriedad se traduce en una sonrisa desengañada, en una sonrisa que excluye tanto las locas ilusiones como la desesperación. Retomando las palabras de un escritor contemporáneo (Jean Cassou) hay un humor infinitamente disponible que consiste en «no tomarse las cosas en serio», algo muy distinto a «no tomar nada en serio». En conclusión, lo único serio en este mundo es el humor.<br />
Vladimir Jankélévitch (1963)</p>
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		<title>El tamaño de los libros, por Juan G. Ponce</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Aug 2010 15:23:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Un libro es, también, un objeto. Pero es un objeto cerrado, cuya apariencia no nos entrega su secreto, sino que, al contrario, con mucha frecuencia contribuye a apartarnos de él, como, desgraciadamente, ocurre con otras muchas manifestaciones de la vida del espíritu en el mundo contemporáneo, dando lugar a la aparición de un nuevo fenómeno, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un libro es, también, un objeto. Pero es un objeto cerrado, cuya apariencia no nos entrega su secreto, sino que, al contrario, con mucha frecuencia contribuye a apartarnos de él, como, desgraciadamente, ocurre con otras muchas manifestaciones de la vida del espíritu en el mundo contemporáneo, dando lugar a la aparición de un nuevo fenómeno, que, a su vez, es una manifestación de la fisonomía de ese mundo, tal como lo configuran las exigencias que crea. (¡Uf!) Para el asiduo concurrente a las galerías de arte, por ejemplo, ese fenómeno, que nos revela la posible ambigüedad que las obras de creación adquieren al convertirse en objetos, no es nuevo. Él está demasiado acostumbrado a que los cuadros expuestos en esas galerías nunca sean lo que muestran, aunque lo que muestren sea lo que está a la vista. Al comprar un cuadro ya no adquirimos un objeto; emprendemos una aventura que nos ofrece la posibilidad de que ese objeto nos conduzca a otra parte. Pero, ¿qué ocurriría si, una vez lanzados a la aventura, renunciáramos al medio conductor? Después de todo, sabemos ya que el cuadro no es lo que es, sino lo que su ser hace posible, y eso no podemos comprarlo; su descubrimiento no está incluido en el precio de venta.<br />
De este modo, mediante un sistema de desarrollo comparativo un tanto oblicuo, hay que confesarlo (pero en nuestro tiempo lo oblicuo y complicado es lo verdadero o lo que pasa por serlo, lo que en el fondo y en la superficie viene a ser lo mismo), llegamos a poder pensar de los libros igual que de los cuadros. Dentro de ellos está la literatura; pero la literatura no son ellos. Sin embargo, con mucha frecuencia, resulta más fácil dejarse seducir por el peso de las apariencias. Si la literatura no está en las páginas de los libros que la encierran, ¿dónde está? Para evitar este tipo de preguntas peligrosas y corrosivas, mal intencionadas, nihilistas en una palabra, tomamos el rábano por donde podemos e inscribimos a la literatura en la realidad del objeto. Así, el tamaño de los libros nos da la medida del aliento del escritor. La estatura de éste está en razón directa del peso de aquéllos. El gran escritor es aquel que produce grandes libros.<span id="more-918"></span><br />
Por desgracia, la crítica y hasta el sentido común nos hacen temer que esta afirmación esté contaminada de falsedad. Continuamente adquirimos libros grandes; pero, casi sin excepción, su tamaño está en razón inversa de su valor literario. Los libros grandes son muchos; los grandes escritores pocos. En la relación entre unos y otros se crea un gran vacío. Lo llena, precisamente, el libro como objeto. En él no se encuentra la literatura, sino un producto de consumo inmediato. Su valor está de acuerdo con el tiempo de lectura que es capaz de llenar. El libro entra a formar parte de la industria de la diversión.<br />
Entonces, ¿los escritores verdaderamente grandes son los que crean obras pequeñas? No sólo se trata de esto. Más bien son aquellos cuyo tiempo no está en relación directa con el de sus creaciones. Su dimensión es puramente espiritual. He aquí una palabra peligrosa. Ante ella, sentimos nacer de inmediato la sonrisa escéptica en los labios del buen lector, que, como tal, está lleno de mala voluntad, es un auténtico crítico. Casi podemos oírle exclamar: «¡Ya estamos, otra vez, en el franco terreno de las vaguedades! ¿Quién sabe –a estas alturas– lo que es eso del espíritu?». Y no le falta razón, hay que aceptarlo. La época sólo quiere lo que puede tomar por las hojas, y lo mismo da que se trate del rábano que del libro. En cambio tenemos que admitir, no sin cierto temor, que el atractivo de esa misteriosa presencia a la que llamamos espíritu se encuentra en su inapresabilidad. Hasta cuando está en las concretas páginas de los libros, no se nos entrega fácilmente. Se mantiene en continuo movimiento, posee un carácter más bien aventurero y se niega a que lo encerremos en el marco seguro de las definiciones. Precisamente por eso está vivo. No hemos logrado matarlo, ni siquiera hemos podido desterrarlo de las páginas de los libros. Reaparece en cada gran escritor.<br />
De este modo, la realidad del libro nos ha conducido a otra, quizás un poco más compleja y cuyo contacto hubiéramos querido evitar: la de su autor. A pesar de las dificultades que hemos intentado exponer, siempre es más fácil tratar con un objeto concreto y cerrado, como lo es el libro, que con algo tan escurridizo y variable como su autor. Porque, a fin de cuentas, el libro, cualquiera que sea su contenido, su clase, su peso, su tamaño, siempre es eso: un libro. En cambio, su autor no siempre es un escritor o por lo menos no sólo es esto; puede ser muchas otras cosas además: médico, sacerdote, ingeniero, científico, presidiario, hasta analfabeto. En todas las actividades se puede encontrar alguien que, además, es autor de un libro; pero son pocos los que en su pasaporte o al registrarse en un hotel se atreven a poner descaradamente el dudoso título de escritor. Para allanar el camino y no meternos en otras honduras, hagamos una arbitraria reducción y pensemos nada más en aquellos que por encima de todo son autores de libros. Para ellos, el libro es el único sustento. La realidad de su tarea se encuentra exclusivamente en sus páginas. Inmediatamente advertimos que, a la luz de nuestras consideraciones anteriores, su situación es precaria. Como objeto transformado en producto de consumo, la presencia del espíritu, que es la que nos da la verdadera dimensión del autor, está excluida de su escala de valores. Esta se rige de acuerdo con otras medidas, la del tamaño y, con él, el contenido que produzca el mayor número de lectores, aunque para ello del mismo modo que el tamaño tiene que estar de acuerdo con sus necesidades, el contenido deba adecuarse a ellas, ofreciendo falsas verdades reconocidas. Sin embargo, es entonces cuando el verdadero valor del libro como objeto se nos revela por completo. No se encuentra en su tamaño, ni en sus posibilidades comerciales, ni en el número de lectores que alcance. Su función es la de una especie de bodega en la que el escritor debe refugiarse. Porque las grandes obras se escriben todavía, pero están siempre fuera de las características que rigen a los productos de consumo. Son demasiado breves, demasiado extensas, demasiado simples, demasiado complejas. Son incomparables. Y por esto mismo no ofrecen la seguridad de lo conocido que el consumidor exige en el objeto que compra. Mediante ellas, el libro trasciende su realidad como objeto, convirtiéndose en el refugio donde el espíritu puede esperar mejores tiempos. Este es su verdadero tamaño. El que lo determina es el del escritor que le da vida. Podemos así decir, tristemente, que los grandes libros son los que no se leen.</p>
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		<title>Kafka carpintero, por G. Janouch</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 19:59:12 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Kafka]]></category>

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		<description><![CDATA[En el transcurso de la siguiente visita le pregunté a Kafka: —Todavía va usted a ver al carpintero del Karlín? —¿Se ha enterado? —Me lo dijo mi padre. —No, hace tiempo que no voy. Mi estado de salud ya no me lo permite. ¡Su majestad el cuerpo! —Me lo puedo imaginar. Trabajar en un taller [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el transcurso de la siguiente visita le pregunté a Kafka:<br />
—Todavía va usted a ver al carpintero del Karlín?<br />
—¿Se ha enterado?<br />
—Me lo dijo mi padre.<br />
—No, hace tiempo que no voy. Mi estado de salud ya no me lo permite. ¡Su majestad el cuerpo!<br />
—Me lo puedo imaginar. Trabajar en un taller lleno de polvo no es nada agradable.<br />
—En eso se equivoca. Me gusta mucho trabajar en un taller. El olor de la madera cepillada, el zumbido de la sierra, los golpes del martillo&#8230; todo eso me encanta. Las tardes transcurrían sin que me diera ni cuenta. Siempre me sorprendía la llegada de la noche.<br />
—Seguro que acabaría muy cansado&#8230;<br />
—Acababa cansado, pero también feliz. No hay nada más bello que un oficio tan puro, palpable y de interés común: además de en la carpintería también he trabajado en la agricultura y en la jardinería. Todo eso era mucho más bello y valioso que la servidumbre de una oficina. Aquí te da la impresión de que eres alguien mejor, más importante; pero es sólo una apariencia. En realidad sólo te encuentras más solo y por eso eres más infeliz. Eso es todo. El trabajo intelectual nos arranca de la sociedad humana. En cambio, la realización de un oficio nos acerca a las personas. Lástima que ya no pueda trabajar en el taller o en un jardín.<br />
—Pero no querrá abandonar su puesto aquí, ¿verdad?<br />
—¿Por qué no? Sueño con ir a Palestina como artesano o agricultor.</p>
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		<title>Nothin&#8217; but the (preacher&#8217;s) blues</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 18:29:08 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[De la película documental de Bertrand Tavernier y Robert Parrish, Mississippi Blues (1983).]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De la película documental de Bertrand Tavernier y Robert Parrish, <em>Mississippi Blues</em> (1983). </p>
<p><a href="http://www.edder.org/?p=901"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
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