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Marzo 7, 2010  

Derrotistas habituales

Porque vosotros, los del NO-DO foral, le dije a uno del aparato de prensa al que me tropecé el otro día, ¿cuántos seréis? ¿Más que en la redacción del New York Times? No supo decirme el número de los cien mil hijos de San Luis –ahí queda la pregunta por si algún estudioso de los medios de in-formación de masas quiere hacerse eco de ella: ¿a cuántos constructores de la realidad emplea cada día nuestro modernísimo e imparable aparato de prensa foral?–, aunque sí que me dijo que, sólo en las dependencias mayores del Gobierno serán ya más que en la redacción de cualquier otro medio del Reyno, aparte de que, mientras en otras redacciones hay más indios que jefes, en la magna redacción gubernamental abundan los grandes jefes indios, con el lujo presupuestario que eso supone. Si a eso le añadimos los aparatos de prensa de organismos aledaños, entidades locales y nada críticos practicantes del deporte de cortar y pegar las notas de prensa de los gabinetes oficiales, nos ponemos cerca de las cifras no ya de la redacción de The New York Times, sino de las de la redacción de la televisión china en las pasadas olimpiadas. Por supuesto que ahí meto al aparato de prensa de la Cámara de Comercio de Navarra, que en un número reciente de su revista nos contaba que su presidente –cuyas actividades suelen tener en ese medio una amplísima cobertura fotográfica– había sido nombrado cónsul honorario de Rumanía. El cónsul, junto a algunas grandes empresas, está entre los promotores de una campaña destinada a convencernos de que, con la crisis, no es que haga frío: es que estamos en medio de una errónea sensación térmica por la que, especialmente quien ni es cónsul ni tiene trabajo, cree helarse, pero de eso nada. Éramos pocos, no éramos más que los cien mil hijos de San Luis de los aparatos de prensa que andan tirándose los faroles de nuestro NO-DO foral y nos parieron la campaña del no hace frío, es una sensación equivocada de usted y los derrotistas habituales, a los que quizá habría que detener.

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Marzo 5, 2010   2 opiniones

El señor Ferrari

Cuando el otro día supe casualmente que uno de mis vecinos ya no era mi vecino –se había vuelto al país del que vino hace no tanto, probablemente para siempre–, me acordé del señor Ferrari. No me refiero a Enzo Ferrari, patrón de la escudería de coches de carreras a la que los exaltados del volante esperan que dé nuevo lustre su asturiano favorito, sino al señor Umberto Domenico Ferrari, el pensionista cansado que protagoniza Umberto D, la película de Vittorio de Sica y Cesare Zavattini. En resumen, la anécdota argumental de Umberto D es ésta: un jubilado que necesitaría una subida de al menos el 20% en su pensión para llegar a fin de mes sin ahogos, va trampeando con la realidad –va poniendo límites a sus necesidades y engañando al hambre– hasta que la realidad le vence. De Sica no tuvo que pensar mucho para desarrollar un argumento que refleja simplemente lo que le estaba ocurriendo a su padre y tal vez a una cuarta parte de la población italiana a la altura de la crisis de 1950. La película, luego tenida por una cumbre del cine, apenas se exhibió en unos pocos cines: se hacía eco de penurias muy reales de las que nadie quería saber. Precisamente, lo más llamativo del personaje llamado Umberto D es que cuanto mayores son sus penurias, más invisible resulta socialmente. El señor Ferrari resulta visible en sociedad en la medida en que finge seguir siendo el que era antes, pero en cuanto que empieza a dar noticias de su situación real, no tarda nada en pasar a ser inexistente. Así que, hace por lo menos medio siglo largo que, en periodos de crisis estructural o coyuntural, venimos perfeccionando los mecanismos que convierten en invisible a cerca de una cuarta parte de la población, justamente la parte más perjudicada: esa parte prácticamente inexistente en la esfera mediática que, como Umberto D, resultará más invisible cuanto más cuenta dé de sus privaciones y cuya ausencia –eventual o definitiva–, caso de irse, sólo notará el vecino por casualidad, si lo nota.

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Febrero 28, 2010  

Fou du chocolat Lanvin

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Febrero 23, 2010  

Hemingway y amigos

A un tiro de piedra del lugar de la Universidad de Columbia donde el profesor Sanz dio el otro día su conferencia neoyorquina, o más bien de donde volvió a interpretar su habitual solo de bombo –mientras la profesora Barcina, invocando a Hemingway, cómo no, tocaba otro año más el bombo sanferminero–, está la casa de la avenida Claremont donde vivían Lionel y Diana Trilling. Es Lionel quien en La imaginación liberal habla de la obligación moral de ser inteligente, pero por lo que cuentan las crónicas era Diana la que, ante la aparición en cualquier charla de ideas trilladas, torpes e inadmisibles, se mostraba más feroz: “¿Tenemos que seguir oyendo a esta persona?”. Los Trilling, tenidos durante una época por la encarnación del liberalismo norteamericano y el espíritu crítico, se opusieron con igual energía al estalinismo que al franquismo –véase la introducción de Lionel al Homenaje a Cataluña de Orwell– y, a la vista de que hay quien hoy va a Nueva York para recudir a Hemingway a simple cliché sanferminero, hubieran quedado atónitos al saber que en la ciudad donde una vez estuvieron John Dos Passos y Ernest Hemingway, nunca, ni siquiera decenios después de muerto Franco, se ha exhibido el documental que en favor de la legitimidad republicana y de quienes la defendían dirigió Joris Ivens, con la estrecha colaboración de Dos Passos, Hemingway y Orson Welles, además de con el aliento de gentes como los Trilling. Los Trilling hubieran quedado igualmente atónitos al saber que en Pamplona, pese a aspirar a la capitalidad europea de la cultura, no sólo no se honra a Ivens o a las gentes republicanas a las que éste trataba de ayudar, sino que por expresa voluntad de quienes van a Nueva York a disertar sobre Hemingway, aquí se hace encaje de bolillos para seguir honrado a promotores y ejecutores del golpe militar como el conde de Rodezno. De haber estado aún por la Columbia, es de temer que Diana Trilling pudiera haber dicho una vez más: “¿Tenemos que seguir oyendo esto?”.

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Febrero 19, 2010  

Juan Pablo II a las tres

En el Village neoyorquino, del que hoy no andará lejos la muy papista y muy alcaldesa-presidenta del Consistorio pamplonés, vive desde hace años Maurizio Cattelan, artista milanés en la línea sucesoria de Duchamp o Manzoni. Este italiano, que ahora no da entrevistas, sorprendió en su momento por hacer algo que cientos de alcaldes sin mayor talento artístico hacen rutinariamente cada día: citar a los periodistas, soltarles con toda circunspección una colección de incoherencias y responder a sus preguntas con evasivas. Pero Cattelan no sólo tiene ingenio para convertir en extraordinario lo que en otros es fúnebremente ordinario: sus saberes, las artes que domina, son incontables y van desde el dominio de las técnicas de embalsamamiento a la réplica en cera de celebridades reales. Precisamente, una de sus obras más conocidas –por la que un coleccionista pagó tres millones de dólares– es La nona ora. En ella, sobre una hollywoodiense alfombra roja, se ve en agónica lucha a un Juan Pablo II de cera al que acaba de caerle desde el cielo un meteorito. Es, claro está, un juego intelectual que cada cual puede tomarse como quiera. Puede tomarse como un sarcasmo anticlerical, como una meditación sobre el calvario en el que desembocan famas mediáticas tales que la de Michael Jackson o Karol Wojtyla y hasta es posible que pueda tomarse como pie para la reflexión sobre la hora de la muerte de Jesucristo –la nona ora, las tres de la tarde–. Incluso la obra puede tomarse a mal, como de hecho se la tomaron los polacos furiosos que arremetieron contra ella hace unos cinco años. No sé si eran polacos de Torun. Sé que podrían haber sido polacos de Pamplona, ciudad que al parecer no sólo quiere reverdecer el esplendor papista de aquellos nacional-católicos años triunfales cuando las avenidas honraban a nuncios y pontífices, sino que incluso quiere perpetuar los cánones estéticos de aquel entonces con una gigantesca, estaliniana estatua del más mediático y polémico de los papas.

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Febrero 12, 2010  

Nuestra FAES

Casi me caigo de la silla al leer que el gran Francisco Mangado, ante la “debacle en valores” que padecemos, reivindica ahora una arquitectura que, amén de estar inspirada en la utilidad, el servicio y la vocación social, piense en el interior de las viviendas más que en las fachadas. Casi me caigo porque dos amigos míos viven dentro de un mangado en Mendillorri. Él es un loco de la música, pero no puede poner mucha porque en el interior de ese mangado para pobres los vecinos de al lado oyen hasta el menor suspiro. Ella vivió una odisea hasta encontrar un sistema con el que colgar algunas reproducciones de sus pinturas favoritas en unas paredes que parecen hechas con papel de fumar. Mangado, como el mismo Mies van der Rohe, fotografió profusamente el edificio nada más acabarlo y mandó hacer un libro en el que se hablaba de utilidad, servicio y vocación social. No iba a hablar del reguero de chapuzas o del calvario de pleitos con que se queda el hipotecado cooperativista cuando el gran arquitecto se esfuma. No contento con eso, se confirma que Mangado traerá en junio, ya que no había crisis en nuestros presupuestos para la Fundación Arquitectura y Sociedad (FAS) de Mangado, a gente como Peter Sloterdijk, que seguro que encandilará al auditorio hablando del mundo bajo la nietzschana trasmutación de todos los valores, o a Jacques Herzog, que es quien dijo que el Guggenheim “representa el mercado más cínico, estúpido y burdo, movido por la vanidad”. Hablando de vanidad: ya tienen Sanz o Barcina, gracias a Mangado y su FAS, lo que no tuvieron con el congreso barojiano que nunca fue: una colección de fotos en perspectiva con figuras internacionales. Este congreso, igual que el barojiano que no fue, lo moderará un antiguo izquierdista y luego conferenciante de la FAES que, el mismo día en que la consejera Navarra de Salud abochornaba al Parlamento, puso por las nubes al Gobierno Sanz. Gracias a la FAS y cueste lo que cueste, ya tenemos en Navarra nuestra FAES en marcha.

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Febrero 5, 2010  

Una larga prehistoria

Se cree –no está demostrado ni siquiera investigado– que cuando las tropas estadounidenses entraron en Afganistán, justo en los inicios del siglo XXI, hubo una matanza de unos dos mil talibanes, luego enterrados en la fosa común de Dash-e-Leili. Según se dice, los muertos fueron encerrados por los verdugos –uniformados por los EE. UU. y a las órdenes de un señor de la guerra local– en contenedores metálicos y abandonados sol. Así que las visiones de pesadilla pintadas por Brueghel el Viejo en El triunfo de la muerte –esa pintura en la que una amalgama de cuerpos es conducida por los funcionarios del exterminio hacia el interior de un contenedor– se vuelven a hacer realidad. Digo se vuelven, porque ya se hicieron realidad antes, de manera que supera las pesadillas más atroces, en los contenedores de ganado llenos de personas camino de Auschwitz, campo de exterminio que esta semana ha contado con el dudoso beneficio de los grandes discursos y el “día mundial de”, esa manera de desentenderse de algo el resto del año. El infierno está siempre aquí y es la expresión de un terror sin fin que irrumpe por doquier. Es, en palabras de Adorno, una eterna prehistoria cuyo espanto radica en permanecer siempre idéntica a sí misma, manifestándose sin cesar, sea con nuevas vueltas de tuerca a los terrores conocidos, sea con horrores tan insospechados como Auschwitz que van más allá de todo lo concebible. La constatación de que los horrores de nuestra eterna prehistoria triunfan una y otra vez sobre todos los intentos históricos de superarlos conduce al derrotismo que sentencia que esto es lo que hay y que así es la naturaleza humana, cosa indiscutible. Tan indiscutible como que, cuando ese derrotismo se convierte en conformismo comienzan a incubarse un nuevo horror. No sé si La cinta blanca, de Michael Haneke, que está ahora en los cines, habla de esto. Hable de ello o no, no hay horror, crematorio, fosa grande o pequeña que no merezca investigarse más y recordarse mejor.

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Enero 28, 2010  

El sueño de Kafka o la Pamplona de Zulueta

La tragedia de las estrellas, dice en alguno de sus libros Serge Daney, es ser sustituidas en vida por su imagen. La tragedia de las estrellas y la de los malditos. Me acuerdo como si fuera ayer de la unción con que a mediados de los 80 vimos Arrebato, de Iván Zulueta. Era la misma clase de unción con que por entonces acudíamos a la cita con los personajes de Eric Rohmer, fidelísimos reflejos de quienes los contemplaban desde el patio de butucas. Cuenta la leyenda que Arrebato se proyectó en los Alphaville con los rollos cambiados y nadie admiró por ello menos a Zulueta, para entonces ya bastante vampirizado por el malditismo. No he visto muchas más veces Arrebato y no es una película que quiera ver de nuevo. He visto muchas veces y siempre quiero volver a ver Un, dos, tres, al escondite inglés, su película de 1969, no porque en ella aparezca Patty Shepard –que poco antes había rodado la también tronchante Cita en Navarra, con guión de Jaime del Burgo–, sino porque aparecen Borau, Drove, Gasset, entre otros nombres de una ola de cinéfilos que sabían hacer algunas cosas bien, como el mismo Zulueta. Iván Zulueta fue, antes que nada, un soberbio grafista y sus tipografías, las letras de sus carteles, portadas y anuncios son extraordinarias. Trabajó por un tiempo en Pamplona y quienes recuerden, pongo por caso, el rótulo de Publiruña en la Avenida de la Baja Navarra, caerán en la cuenta de que aquellas serían las letras de los carteles anunciadores de la películas de Almodóvar. Zulueta sabía hacer un cartel, como Drove sabía entrevistar a Douglas Sirk –ya se encargaría TVE de perder las cintas– o como Fernández Bourgón sabía maquetar libros –los de Filmoteca, luego liquidados–. Todos ellos encarnaban el sueño de Kafka: hacer algo con las manos y hacerlo bien. Nada o muy poco queda en Pamplona de la Pamplona de Zulueta –de sus rótulos y de su grafismo a su paso por aquí–, y además a Pamplona no le importa. Pero los dioses lo vieron y quizá alguien lo recuerde.

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Enero 21, 2010  

De Landa al infinito

Pues tenía razón Mangado, don Francisco, vamos, creo yo, y a cada uno su razón. El rótulo “Palacio Baluarte Jauregia”, bien, bien, bien, lo que se dice bien, no es que le caiga al edificio, como el arquitecto ya profetizara que iba a ocurrir. Mal, mal, mal, pues tampoco, la verdad; pero, eso sí, hay algo ahí que no termina de funcionar del todo. ¿Qué es? La tipografía no. Unas letras así, de familia bauhasiana, son en principio lo suyo y lo que tendría que irle bien. Culpa de los idiomas tampoco va a ser, y en eso sí que don Francisco no estuvo nada, pero que nada fino, cuando se puso todo dramático y advirtió al Parlamento que rotular su edificio en las dos lenguas del lugar lo destrozaría –no a él personalmente, sino al edificio– permanente e irreparablemente. Los idiomas no son, porque si mentalmente traducimos el rótulo a otras lenguas, pues la cosa no va ni a mejor ni a peor. El problema, no nos queda otra, va a ser el edificio mismo. El edificio insignia de la arquitectura de Mangado, como ya observara el crítico Fernández Alba, tiene tantas y tan desmesuradas pretensiones, tan notorias u “ostentóreas” ambiciones, que cualquier cosa que no tenga vuelos similares a los suyos, vamos, cualquier cosa medio normal, no le termina de sentar bien. A ese respecto, digo al respecto de estar a la altura de las muchas pretensiones del edificio de Mangado, nada más atinado que la decisión política de internacionalizar y multiplicar por tres el Premio Príncipe de Viana de la Cultura, amén de trasladar su triple entrega a la sede natural de los acontecimientos del mayor calibre internacional: el Baluarte. Menudos vuelos, menudos aires de grandeza que coge todo esto –el Reyno y su gastronómico Gobierno– cada vez que se le firma un cheque en blanco a Ferrán Adrià para que venga a saludar as la plebe desde el Baluarte. Pues algo así, pero por todo lo grande, ande o no ande: de Landa al infinito, pasando por Mangado, con la realeza y sin reparar en gastos, para pasmo del universo.

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Enero 15, 2010  

P’alante y p’atrás

Según consta en la grabación que por pura casualidad hice, y que conservo por tener una prueba que me confirme no haberlo soñado, el pasado sábado, día dos de enero del año primero de la segunda década del siglo XXI, a las veintiuna horas y cuarenta minutos, en una de esas cadena de televisión pedestre –y también terrrestre, ya lo creo–, concretamente en la que tiene como “mosca” a un furioso toro bravo –no al estático toro de Osborne, sino a un morlaco en ademán de embestir y de “vulcar el ambigú”, dicho sea de la manera más caricaturescamente navarra–, un agitador de masas de esos que andan por las televisiones pedestres esforzándose en encender a la opinión pública le dijo a la señora presidenta de Unión del Pueblo Navarro, como colofón de la entrevista que le acababa de hacer: “No te vayas de Pamplona, en cualquier caso. Yolanda, muchísimas gracias. Yolanda Barcina: gracias por estar aquí y que todo se arregle en Pamplona. Desde luego, que en Navarra ganen los buenos alguna vez, otra vez más –se corrigió sobre la marcha–”. A lo que la señora presidenta de UPN apuntilló –que decía aquél al que no le salía la palabra apostilló–: “Pues esperemos que así sea. Como dice el Amejoramiento, siempre p’alante y a mejorar”. Obviamente, hasta los malos navarros –malos, por no ejercer profesionalmente, a lo Alfredo Landa o a lo Barcina, de navarros caricaturescos, “bruticos” pero nobles; malos, por no terminar todo en “ico” ni ser unos echaos p’alante; malos, por no comulgar con los buenos, que ganan siempre, tienen muy mal perder y llegado el caso hacen comulgar a los malos con ruedas de molino–, digo que hasta los peores navarros sabemos que el Amejoramiento, así que lo conozcamos de oídas, no dice las catetadas que Barcina le atribuye. Eso lo dice, como sabe hasta el navarro que menos ejerce de tal, la jota del maestro Larregla a la que un poeta –aragonés, para más señas– puso letra al final del XIX, siglo hacia el que sin duda vamos, p’atrás y a toda mecha.

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Enero 8, 2010  

Los libros

Un día, por qué no, eso que ahora llaman “libros electrónicos”, aunque su electrónica sea rudimentaria y de libros no tengan más que la forma aproximada, quizá sean objetos casi tan extraordinarios como los libros de verdad. Eso será un día, aunque nada indica que ese día vaya a ser mañana ni pasado. Quizá dentro de un año o dentro de tres alguien que trabaja en la oscuridad de un garaje nos presente algo que produzca remotamente la sensación de tener en las manos un invento casi tan extraordinario como el libro. Aun así, a los aparatos electrónicos reproductores de textos –por el momento de texto en bruto y presentado muy a lo bruto–, ésos a los que con poca propiedad y bastante precipitación llamamos “libros electrónicos”, les espera mucho camino por andar. Si son un buen invento, su camino tal vez sea tan largo como el de los libros. Los libros, que en el último medio milenio han evolucionado poco porque es difícil mejorar la inmejorable, no sólo son uno de esos inventos por los que creemos que nuestro paso por el mundo como especie pensante no ha sido completamente en vano: son, precisamente, el invento con el que el pensamiento y la imaginación tratan de durar en el tiempo. Por descontado que cualquier ayuda –electrónica o no– en esa aspiración les vendrá bien. Ya no como medio de trasmisión de los sueños y de las ideas, sino como idea misma, el libro tiene una larga historia. Tiene su renacimiento en el Renacimiento, donde las reglas de oro que rigen la forma ideal de la lectura –de la disposición del negro sobre el blanco– quedan establecidas para siempre; tiene una Ilustración, cuyos sueños comparte, y ha evolucionado junto a todos y cada uno de los movimientos artísticos de la modernidad. Pero sobre todo, como notará cualquiera al abrir un viejo libro que signifique algo para él, el libro se ofrece a los sentidos, a la vista, al tacto, al olfato y al gusto –al menos al gusto estético– como no pueden ofrecerse otros objetos.

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Diciembre 18, 2009