Viernes, 26 de Junio, 2009 | Etiquetas:

Yes, they Can, o lo que es mismo: Sanz y Barcina seguirán estando en la Can cuando el último político que se vaya de Caja Navarra cierre la puerta. Es más: Sanz estaría en las altas esferas de Caja Navarra incluso en el poco verosímil supuesto de que hoy mismo abandonase la política. Yes, they –Sanz y Barcina, Barcina y Sanz, tanto monta, monta tanto– Can: sí, ellos podían quedarse en la Can y se quedarán. Según medio informaba ayer el propio Sanz, ya falta poco para que políticos como él dejen definitivamente la Can. Sanz comunicó esto a la ministra de Economía, que se felicitó por la noticia e hizo votos para que el ejemplo navarro cunda entre las comunidades autónomas. Esperemos que el ejemplo de Sanz no cunda tanto o no cunda del todo. Esperemos que no, porque Sanz también nos medio informó ayer de que, para cuando todos los políticos se hayan ido de los órganos rectores de Caja Navarra, se habrá creado en la Can un órgano consultivo en el que de todas todas va estar, como poco, el propio Sanz y mientras quiera. Sanz estará de todas todas en la futura Junta de Entidades Fundadoras de la Can, que así es como se llamará el órgano consultivo, porque dicho órgano –más bien decorativo, aunque se estudia cuál será la adecuada remuneración de sus miembros– estará compuesto, entre otros miembros de origen político, por quienes en su momento ostenten la presidencia del Gobierno de Navarra o la alcaldía de Pamplona –Barcina de todas todas– y por los expresidentes del consejo general de Caja Navarra, cosa que de momento no es nadie, pero que de todas todas será Sanz a perpetuidad cuando deje de ser presidente del consejo general de la Can. No está, pues, lejos el día en el que Sanz y Barcina –esa pareja ya clásica entre nosotros que últimamente tanto recuerda a Jeckyll y Hyde– saldrán de la Can por una puerta para entrar ipso facto por otra, no tanto porque su presencia resulte imprescindible cuanto porque quieren y pueden hacerla más larga y duradera: yes, they Can.

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Viernes, 19 de Junio, 2009 | Etiquetas:

fuerte

La primera y más obvia de las preguntas es: ¿pero no fue el fuerte de San Cristóbal declarado en su día “bien de interés cultural con categoría de monumento”? Si el fuerte es un monumento desde el 16 de noviembre de 2001, como declara el real decreto 1265/2001 de esa misma fecha, es de suponer que el conjunto monumental estará amparado por las leyes de protección del patrimonio que rigen tanto en el ámbito estatal como en el autonómico. Si así fuese, malamente el propietario del monumento –que, a decir verdad, no sé quién es: ¿el Ejército, que hace obras en el monumento como quien reforma su vieja cocina?, ¿Navarra, cuyo Gobierno nunca ha mostrado mucho interés ni mayor prisa en hacerse cargo de ese bien de interés cultural?–, malamente, digo, podría meter la piqueta en el mismo sin los preceptivos informes y autorizaciones de, vuelvo a suponer, la Institución Príncipe de Viana. Pero entonces, ¿solicitó quienquiera que sea el dueño de ese bien de interés cultural con categoría monumental los permisos necesarios para reformar o borrar las partes del fuerte relacionadas con el uso del mismo como penal de castigo en épocas republicana y de la guerra civil? En la hipótesis por verificar de que dichos permisos fuesen solicitados, ¿autorizó la institución encargada de velar por la conservación del patrimonio histórico que el dueño del monumento reformase o destruyese la parte del mismo relacionada con la represión franquista? ¿Desconocía quien no solicitó los preceptivos permisos para hacer obras en el monumento, o quien los otorgó pese a que no debía haberlos concedido, los acuerdos tanto del Congreso de los Diputados como del Parlamento navarro por los que se insta a la recuperación del fuerte, sin olvidar –cito textualmente– el “homenaje a todas las víctimas” habidas en él durante las épocas que, al parecer, recientemente han sido borradas por la piqueta? ¿Hasta qué punto ha quedado borrada la huella de una época? ¿Dónde se pregunta esto y quién responde de todo eso?

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Viernes, 12 de Junio, 2009 | Etiquetas:

hem
Porque, ¿qué es lo más deprimente de la cultura norteamericana? La verdad es que hay donde elegir –especialmente si por cultura entendemos lo mismo que entiende Barcina: cualquier manifestación del color local, del santico morenico al Volskwagen Polo, pasando por todo lo que ahora se ve en el mural de la vieja estación pamplonesa de autobuses, donde cabe desde el santico y un zaldiko al Polo y la estatua de Hemingway–, pero, los Elvis impersanators –los imitadores o clónicos de Elvis Presley– son firmes candidatos a ganar el concurso “Qué es lo más deprimente de Norteamérica”. Sabido es que Elvis hubo dos: el de Memphis –el de los orígenes– y el de Las Vegas –donde el propio Elvis era poco más que un imitador grasiento y sudoroso de sí mismo: un Elvis impersonator más de los muchos que proliferarían luego por concursos y otras deprimentes ceremonias–. Algo parecido puede decirse de Hemingway: está el Hemingway primero y el tardío. El tardío incluso se cruzaba por esas plazas de toros con los imitadores de Hemingway. De entre los Hemingways de pega, el más famoso fue Kennet H. Vanderford, al que llamaban “el Hemingway de los pobres”. En realidad, el Hemingway de finales de los 50 era, él mismo, un imitador de Hemingway: un Hemingway para pobres, difícil de soportar cuando se ponía pesado. Vanderford debió de conocer en Pamplona al mítico Harvey Holt, “el hombre que mandó a Hemingway –al Hemingway tardío– a tomar por –suavizo– donde la espalda pierde su casto nombre”. De Vanderford y otros Hemingways de pega no se supo más desde finales de los años 70. Aún es posible encontrar ejemplares sueltos de la deprimente y trasnochada especie de los Elvis impersonators en covachuelas de Memphis, Manchester o Helsinki. Hace tres decenios que la no menos deprimente especie de los Hemingway de pega se extinguió, pero el Gobierno de Navarra, a falta de mejores ideas, planea resucitarla con el “I Concurso Internacional de Imitadores de Ernest Hemingway”, pronto se verá con qué éxito.

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Jueves, 11 de Junio, 2009 | Etiquetas:
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Viernes, 5 de Junio, 2009 | Etiquetas: ,

dn

Qué querría decir el general que el otro día dijo a la prensa que “mi idea es facilitar que el ciudadano de bien” que quiera visitar el fuerte de San Cristóbal pueda hacerlo. Qué querría decir, digo, con la expresión “ciudadano de bien”. Probablemente nada. Echaría mano del tópico y eso es todo. Probablemente tan sólo quería decir que, hasta ahora, quien quisiera ver el fuerte tenía que colarse en él como un maleante –“gente de mal vivir” o “ciudadanos de mala nota”–, cosa que el general intentará remediar, aunque sea durante unos fines de semana, con las visitas turísticas al fuerte. En la expresión verbal lo malo –incluso el mal– suelen ser las frases hechas. Se dio cuenta Hannah Arendt cuando siguió en Jerusalén el juicio de Adolf Eichmann: el mayor responsable de la “solución final” –o sea, del exterminio acelerado y en masa de los judíos– era incapaz de decir algo distinto a tópicos y frases hechas. Eichmann no sólo daba por buenas las frases más manidas, sino que las consideraba como el mayor bien, y aún más: eran aquello que le defendía de pensar en la bondad o maldad de lo que había hecho. Por supuesto, Eichmann no sólo se consideraba un “hombre de bien” –un ciudadano que con el Reich había hecho “lo que había que hacer”, “lo único que se podía hacer”–, sino que se tenía por un tipo moralmente intachable, de modo que cuando el policía que le vigilaba le prestó Lolita, la novela de Nabokov, quien fuera corresponsable directo de millones de asesinatos se indignó y devolvió airadamente el libro diciendo que él no era ningún degenerado. No sé que sentido puede tener ir a un sitio como el fuerte de Ezkaba, o el Monumento a los Caídos –estrepitosamente fracasado como lugar artístico o turístico– si no es para pensar, siquiera de pasada, en los horrores e infamias de la época de Eichmann. Sí sé qué sentido tienen los tópicos usados por quienes quieren defenderse –y de paso defendernos– de pensar en todo eso: tópicos como “no remover el pasado” o “dejarlo atrás”.

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Lunes, 1 de Junio, 2009 | Etiquetas:
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Viernes, 29 de Mayo, 2009 | Etiquetas:

dn

La crítica de arte agoniza, decía una crítica el miércoles en este diario. Eso será. De otro modo, esto es, de no agonizar la crítica de arte, algún crítico ya nos tendría que haber llamado a asaltar el Museo Gustavo de Maeztu de Estella y a tirar al Ega la chatarra seudoescultórica de Carlos Ciriza, al que en su día Barcina cedió el parque de Yamaguchi para que con un helicóptero –no recuerdo si de emergencias– esparciera su desoladora cacharrería “artística” y al que Turismo y Cultura promociona ahora como “nuestro artista más internacional”. Para internacional, la tontería. Por lo demás, si la crítica no agonizase, alguien nos habría incitado a ir a Sartaguda, donde José Ramón Anda ha abierto una nueva puerta a la emoción y a la memoria en forma de gran escultura. Pero la crítica, si existe, no goza de buena salud. Atrás quedan los tiempos en los que el arte perseguía la belleza y los críticos eran los árbitros del gusto. No tan atrás, pero lejos quedan los tiempos –los de Malevich o Klee– en los que el arte dejó de perseguir la belleza y se puso a buscar la verdad. Puesto a buscar la verdad, lógico que el arte interesase mucho a los filósofos y que éstos terminasen diciéndonos qué ver en una botas viejas de Van Gogh o unos zapatos de Warhol. Y lógico que acto seguido un Oteiza o un Beuys se pusieran delante de una pizarra, no ya para explicarnos filosóficamente el mundo, sino para incitarnos a hacer otro mejor. Para tener un mundo mejor hoy bastaría con que la moneda artística que ponen en el mercado personajes como Ciriza –moneda sin mayor relación con lo bello, lo verdadero, lo bien hecho o siquiera lo útil– dejase de circular. Claro que para eso no es suficiente con que la crítica, muy exhausta tras un posvanguardismo en el que a menudo el arte no ha sido más que crítica de arte, diga lo que tiene que decir: para eso haría falta otro gobierno. Uno que no se moviese con helicópteros o que no moviera con ellos la cacharrería de sus artistas y sin embargo amigos predilectos.

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Viernes, 22 de Mayo, 2009 | Etiquetas:

jamon
Dicen que Roma se precipitó de manera irreversible en la decadencia el día que un Ferran Adrià dos mil años anterior a Adrià fue invitado por los senadores a exhibirse en una degustación oficial, en el curso de la que se sirvieron manjares tan hiperminimalistas, deconstructivos y vanguardistas como el pastel de lengua de alondra, exquisitez suprema que dejó mecido en orgiásticos ensueños al mismísimo emperador. Es de suponer que eso ocurriría en los poco edificantes tiempos de Cómodo, Caracala o Nerón. Así que Roma, como imperio y como civilización, iba cuesta abajo y sin frenos. Sería, pues, en aquellos tiempos en los que, si un acaudalado patricio romano pegaba una patada en la piedra de una calzada cualquiera, le salían tres cocineros con estrella en la guía Michelin para ofrecerle jabalí relleno de tordos en salsa de arándanos, lomo de lubina cebada con higos chumbos o solomillo de lirón al vapor con esencia de castañas. Sin embargo, en aquellos decadentes tiempos las cosas no habían degenerado lo bastante como para que alguien saliese a la palestra pública y afirmase, como se hace hoy en los periódicos, radio y televisión, que los Ferran Adrià de entonces –todos ellos anónimos– eran a su época lo que Picasso sería a la suya. Ni siquiera el “creador” del pastel de lengua de alondra sería considerado en Roma un artista. De hecho, tendrían que pasar unos cuantos siglos hasta que surgiese la idea, tan moderna, del artista como figura trascendente e idealista, tal como la encarnara Picasso, entre los últimos en hacerlo. Muertas las vanguardias del siglo XX, la pista del arte como idea trascendente se pierde en los discurso filosóficos de la decadencia, donde un Adrià nada idealista pesca términos como ‘deconstrucción’, que dejan en éxtasis a nuestros senadores mientras degustan su pastel de lengua de alondra y mientras la televisión habla no ya de un artista de los pucheros, sino del nuevo Picasso, la nueva vanguardia y el arte más allá o después del arte.

Vídeo relacionado:

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Viernes, 15 de Mayo, 2009 | Etiquetas: , ,

macht
Cuando oigo a la señora Barcina (que tan favorecida salió ayer en la última página de El País: “católica practicante sin exagerar”, se decía ella misma –nada que ver con el nacionalcatolicismo de antaño: aquel que bautizaba las calles de Pamplona con nombres de nuncios y pontífices vaticanos, aunque hoy tengamos proyectada la avenida Juan Pablo II; ninguna relación de la primera edil pamplonesa con el fundamentalismo que mantiene a Navarra como territorio de excepción donde la interrupción legal de un embarazo no es ni pensable–; “que se maneja con soltura en francés e inglés”, añadía el periodista –aunque YouTube desmienta que Barcina sea políglota, e incluso que tenga aptitud para los idiomas–)… Digo que, de un tiempo a esta parte, cuando oigo, leo o veo a la señora Barcina (que ayer salía en El País tan favorecida, tan desconocida, tan amejorada), me acuerdo de la grandeza de aquel miserable llamado Odiseo. Parece ser que el politeísmo griego –al que algo debe el humanismo cristiano, con el que no sé si se relacionará el catolicismo “sin exagerar” de Barcina– no concebía acción más terrible que la de no honrar a los muertos. De ahí las querellas en las tragedias griegas entre los que mandan que queden insepultos los enemigos –“pasto de perros y aves de rapiña”, como quedarían en nuestra última guerra civil los cadáveres de Vicente Lamberto y su hija Maravillas– y quienes desobedecían las órdenes. Barcina ha sido tan cicatera con quienes querían honrar a muertos como Maravillas Lamberto que cómo no acordarse de la grandeza de Odiseo, ese tipo mezquino, astuto, taimado y sin embargo capaz de enfrentarse con el mismo Agamenón para que Áyax, el adversario al que con tanta furia odiaba, fuese enterrado y honrado por los suyos. De Odiseo hay un gran retrato en la Ciudadela pamplonesa, donde también se encuentra la diminuta placa, allí puesta más a pesar que por iniciativa de Barcina, en memoria de gentes –concejales de Pamplona incluidos– muertas con violencia y sin honras fúnebres.

Entrevista de El País a Yolanda Barcina

Yolanda Barcina, políglota:

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Viernes, 8 de Mayo, 2009 | Etiquetas:

macht
Y así Velázquez trueca las mitologías en rufianerías, dice no sé quién –¿Bergamín, d’Ors, Oteiza?–, ahora no recuerdo dónde. Pero antes de recordar, hablemos de Galipienzo, como manda la actualidad. Y así el ex alcalde del Valle de Egüés, ya que no honroso u honorífico alcalde de Zalamea, junto con su letrado, acólitos o satélites, se presentó en los juzgados. ¿Así? Sí, así, tan fresco como se le veía en las fotos: con ese mismo aire de entre guapetones y valentones que adoptan últimamente en las fotos los personajes envueltos en turbios asuntos urbanísticos; ese tipo de personajes por los que una Esperanza Aguirre o un Miguel Sanz pusieron un día la mano en el fuego –y se quemaron, aunque sin rendir ninguna responsabilidad o cuenta política por ello, cosa que nada ni nadie va a obligarles a hacer ya–. Así se presentó el ex alcalde del Valle de Egüés: no como su socio o testaferro, que lucía el clásico modelo de gafas oscuras –el modelo “hace un sol del carajo”, que todavía denota algún resto de vergüenza–, ya muy en desuso; tampoco se presentó el que fuera primer edil tratando de hurtar su rostro a las cámaras, como hacían hace algunos años quienes, prevaliéndose de la confianza política depositada en ellos por los simples ciudadanos, habían obrado en sus cuentas corrientes el milagro de multiplicar sus fondos; ni mucho menos el ex alcalde en cuestión compareció encapuchado, como comúnmente se presentan en los juzgados los autores de delitos comunes… No, el alcalde que fuera de Egüés –hasta que se le forzó a dejar de serlo– se presentó con ese aire de entre superioridad e indiferencia –más fácil de lograr con un sastre caro– propia de los altivos, desafiantes, falsamente dignos y aparentemente elegantes personajes que se ven hoy a las puertas de los juzgados; personajes idénticos a algunos de los de Velázquez: del Velázquez que supo que en el futuro las rufianerías ocuparían el lugar de las mitologías, los guapetones y valentones, el sitio de los héroes.

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Más información sobre Galipienzo
y el caso Egüés en txorizoforaltxorizo12

Viernes, 1 de Mayo, 2009 | Etiquetas:

machtmacht
La revista Paris Match, en un súbito ataque de inclinación monárquica –si no de inclinación humorística–, se tiró ayer a la calle con un titular que hablaba de la majestuosidad de Carla a su paso por la corte de España. Por la corte de España o tal vez por el corral de comedias español, pues la palabra francesa cour tanto puede significar corte como corral o patio. De esa manera, la moderadamente reaccionaria revista parisién –igual de reaccionaria que todas las de su color, muy abundantes en España– cayó tan bajo como la prensa progresista de por aquí, que en días pasados no pudo evitarnos sus abundantes comentarios sobre la majestuosidad de la señora Sarkozy a su paso por el corral de comedias madrileño. Claro que una revolución, una de ésas que en España no se han visto –una como la francesa–, no se hace en balde y hasta la moderadamente reaccionaria cronista de Paris Match rezuma ironía republicana –quizá involuntaria– cuando comenta que los reyes –las estrellas mediáticas, entiéndase– de la república francesa no vieron necesidad de inclinar la cerviz ante los monarcas españoles ya que, aparte de no exigirlo el protocolo, su simpatía e “inclinación natural por la nación española” excusaba cualquier otra inclinación. Ironía republicana aparte, voluntaria o involuntariamente la moderadamente reaccionaria crónica rosa –francesa, española o italiana, pues la prensa del país de Berlusconi también ha seguido con atención el episodio madrileño de su “majestuosa” paisana– sitúa las cosas donde están: en un escenario de opereta –ciertamente ambientada en Madrid– a la medida de las reinas de la belleza que imperan en la prensa del corazón y de los napoleones populistas que triunfan en estos mediáticos y neomonárquicos tiempos –por lo que de desprecio hay en estos tiempos hacia los valores de la revolución francesa–. Dice la verídica crónica rosa que en las encantadores veladas vividas en Madrid sonó el Pan y toros de Barbieri. Y en vísperas de un Barça-Madrid, “pa que no faltase de na”.

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Sábado, 25 de Abril, 2009 | Etiquetas: ,

dn

Seguro que tanto Salaberri y todo junto no será más que una casualidad. Salaberri en el Museo Oteiza. Salaberri en las paredes del ampliado y redecorado despacho que Miguel Sanz legará a Barcina –¿crisis?, ¿qué crisis?–. Salaberri en el proyecto del Ayuntamiento de Pamplona para mostrar a la parroquia el devenir del arte más reciente y meternos en la capitalidad europea de la cultura… No tengo idea de cómo llegaremos al 2016, si es que vamos para allá. Lo que temo es que vayamos para los años 50 de siglo pasado: años de partido único, plato único e incluso, por aquí, pintor único –cosa que vuelve a recordarme la casual omnipresencia del nombre de un pintor–. Ya falta menos para que Barcina, por fin sola, lleve a cabo su proyecto político, cualquiera que éste sea. Mi temor es que el proyecto político de quien bautiza las avenidas pamplonesas del siglo XXI con nombres tan vaticanos como el de Juan Pablo II –igual que a mediados del pasado siglo se bautizaban con el de Pío XII–, consista en un revival de aquellos nacionalcatólicos y marianos años. Es un temor fundado en el devenir ideológico de la propia Barcina, que va del progresismo independiente con el que se presentó en la política, al derechismo sin complejos con el que hoy defiende el abolengo nobiliario de todos los condes de Rodezno, incluido el que tanto papel tuvo en el golpe militar. Con modales de tecnócrata ye-yé, Barcina nos recuerda lo único que a la derecha sin complejos le gusta recordar: que mejor no recordar el pasado ni a que clase de golpistas no quiere reprobar. El estilo Barcina está basado en esa alegre desentendimiento del pasado que tanto Fraga como los llamados tecnócratas del Opus pusieron en su día en práctica, para mayor gloria y desarrollo del régimen. Barcina, reivindicando un ser de derechas sin complejos –y sin rechazar nada de lo que la derecha fue–, ha hecho su bandera de aquel discurso desarrollista, nacido a finales de los 50, años hacia los que quizá vayamos.

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