Los libros
Un día, por qué no, eso que ahora llaman “libros electrónicos”, aunque su electrónica sea rudimentaria y de libros no tengan más que la forma aproximada, quizá sean objetos casi tan extraordinarios como los libros de verdad. Eso será un día, aunque nada indica que ese día vaya a ser mañana ni pasado. Quizá dentro de un año o dentro de tres alguien que trabaja en la oscuridad de un garaje nos presente algo que produzca remotamente la sensación de tener en las manos un invento casi tan extraordinario como el libro. Aun así, a los aparatos electrónicos reproductores de textos –por el momento de texto en bruto y presentado muy a lo bruto–, ésos a los que con poca propiedad y bastante precipitación llamamos “libros electrónicos”, les espera mucho camino por andar. Si son un buen invento, su camino tal vez sea tan largo como el de los libros. Los libros, que en el último medio milenio han evolucionado poco porque es difícil mejorar la inmejorable, no sólo son uno de esos inventos por los que creemos que nuestro paso por el mundo como especie pensante no ha sido completamente en vano: son, precisamente, el invento con el que el pensamiento y la imaginación tratan de durar en el tiempo. Por descontado que cualquier ayuda –electrónica o no– en esa aspiración les vendrá bien. Ya no como medio de trasmisión de los sueños y de las ideas, sino como idea misma, el libro tiene una larga historia. Tiene su renacimiento en el Renacimiento, donde las reglas de oro que rigen la forma ideal de la lectura –de la disposición del negro sobre el blanco– quedan establecidas para siempre; tiene una Ilustración, cuyos sueños comparte, y ha evolucionado junto a todos y cada uno de los movimientos artísticos de la modernidad. Pero sobre todo, como notará cualquiera al abrir un viejo libro que signifique algo para él, el libro se ofrece a los sentidos, a la vista, al tacto, al olfato y al gusto –al menos al gusto estético– como no pueden ofrecerse otros objetos.
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Navarra en el Plan Divino
Éramos pocos, no éramos más que los del sistema sanitario navarro, con el batallón de médicos acogidos a la objeción de conciencia, derecho pendiente de regulación legal en España, pero muy vigente por la vía de los hechos consumados en Navarra… No éramos, digo, más que los del sistema sanitario navarro y los de la Concapa, quienes con pose de cristianos no ya viejos sino acosados por los leones del circo romano anunciaron a principio de semana que sus conciencias les impedirán retirar los crucifijos de los colegios –cosa que, la verdad, no parece que vaya a exigirles ningún poder– regentados por ellos con el inestimable concurso de los caudales públicos… No éramos más que los inquebrantables objetores de nuestro singularísimo sistema sanitario y los heroicos resistentes de la Concapa, cuando se oyó una trompeta lejana y llegó el Séptimo de Farmacéuticos de Navarra, que ayer hizo pública su intención de salvar la salud –la salud moral, más que la física– de su amada clientela, negándose a expender así como así, digan lo que digan las leyes, la llamada píldora del día después, en nombre del derecho a la objeción de conciencia, cómo no. Los más aguerridos caudillos del Séptimo de Farmacéuticos se hicieron célebres hace años al proclamar su negativa a despachar esa cosa tan peligrosa para la salud que son los preservativos, por razones morales, faltaría más. Por salud, claro, aquí se entiende salud moral, y por moral, obviamente, lo conformado de acuerdo a las creencias y dogmas católicos, sólo católicos y nada más que católicos. Pemán –“Navarra, alcanfor de España”–, los inventores de las javieradas y otros aguerridos católicos autóctonos creyeron hace casi un siglo que Navarra tenía un papel en el Plan Divino. Convencidos de ello, marcharon a la Cruzada. Quizá haya quien lo siga creyendo. No hasta el punto de cerrar la farmacia por razones morales y marchar a las misiones o abrir otro comercio, pero sí sumándose al ruido de catoliquísimas conciencias.
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My Generation

Nadie me discutirá que My Generation es una de las canciones de la segunda mitad del siglo XX. Supongo que la escuche más despacio en los primeros 70, cuando The Who, inmerso en infiernos presinfónicos, nos atormentaba con palizas tan monumentales como Quadrophenia o Tommy. Desde luego que los horrores del rock sinfónico los oí en el P2P. Por descontado que en los primeros 70 existía el P2P, el peer to peer, el punto a punto, el par a par o lo que es lo mismo, el de mano en mano. Por entonces, ibas a las tiendas de discos con el alevoso propósito de pasar la tarde en ellas y le pedías a un punto –a uno como tú, un par, un igual, uno sin un duro al que habían cogido para pinchar discos– que te pusiera Quadrophenia a ver qué tal. Quadrophenia auguraba la peor de las decadencias del rock, en eso estabais de acuerdo todos los puntos –peers– del enjambre –swarm– reunido para escuchar música por la cara –for free–. Alguna vez, alguien compraba algo. Para esas ocasiones excepcionales, en Pamplona, Chapitela abajo, a la izquierda, había un sitio abierto al público donde por nada te hacían copias en serie de cualquier original. Creo que aquel sitio era un resto del P2P de los años 60. He oído contar a los más viejos del lugar que bien entrados los 60 había por aquí héroes mitológicos que tras travesías homéricas volvían –se bajaban– de Londres, si no con el Grial, sí con un ejemplar del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Dicen que de aquel ejemplar único, aparte de inolvidables guateques, salían copias como rosquillas. Los 70 también fueron una época de rosquillas sin fin. Lo que no recuerdo es qué cintas casette –k7, que escribían los franceses en los 80 y los 90– llevaban más canon: si las de ferro, las de cromo o las de platino. De lo que sí me acuerdo es de lo que dice My Generation. En el fondo es un blues, muy acelerado, que expresa el deseo de morirse antes de no entender, antes de tener que defenderse de quienes hacen lo que tú hacías o son como tú eras.
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Aguas turbulentas
No siendo la pesca de mi especialidad –es más, siendo yo de esa clase de indocumentados que aceptaba como buena la definición que de la acción de pescar diera Samuel Johnson: “un palo y una cuerda con un gusano en un extremo y un tonto en el otro”– y no teniendo nada que decir sobre el esperpento o sainete del Alakrana –esperpento, seguro, oídos algunos espeluznantes detalles del relato de la tripulación; sainete, va a ser que sí, si se confirmara el timó de un millón de dólares, uno, a los servicios secretos patrios– y el guirigay político hacia el que ha derivado el caso para que no decaiga nuestra afición a la trifulca y a resolverla a bocinazos… Digo, que no teniendo nada que decir de todo eso, puedo hablar del mar de fondo, cosa de la que me extraña que no se hable más. O mejor: puedo recomendar las Confesiones de un pescador mediocre llamado Robert Hughes. Mi juicio previo sobre las pescadores se vino abajo el día que descubrí que el australiano Robert Hughes pescaba. Mal podía sostener en lo sucesivo mi idea del pescador como ese tonto beatífico que queda en aquel extremo de la caña si Hughes, el crítico –de arte y de la cultura– con una cabeza mejor amueblada de cuantos he leído, salía de pesca. Mal puede, igualmente, sostenerse una idea beatífica de la pesca –en concreto, de la pesca industrial– tras leer el capítulo que el autor de La cultura de la queja –nada sospechoso de corrección política y mucho menos de entonar lamentos o jeremiadas izquierdistas– decida a la devastación sistemática de los océanos en la que nos hallamos incursos gracias a las malas artes industriales y electrónicas de pesca actuales, entre las que destaca la liquidación masiva de peces en Filipinas o Micronesia por derrame de cianuro sódico en los fondos marinos. Ése es el mar –pirata– de fondo sobre el que nos informa Robert Hughes en Por la boca muere el pez (Confesiones de un pescador mediocre), lectura recomendable para quien prefiera olvidar los bocinazos de nuestras trifulcas.
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Yolanda y “yo, Landa”
Yolanda, todo junto, y “yo, Landa”, por separado, no como Melinda y Melinda. Por un lado, Yolanda: esa señora que conjuga tradición y modernidad al vindicar la reacción integrista de los Rodezno y al ejecutar las más modernas obras de arquitectura, como el inminente Museo de los Sanfermines. Por otro lado, “yo, Landa”: la conocida y decidida opción cultural de UPN por el landismo, por un Alfredo Landa a lo Alfredo Jaime, castizo y a calzón quitado; vamos, por ese actor deliberadamente –sobreactuadamente– más navarro que el que más, del que tanto hemos disfrutado en el curso de los muchos y grandes agasajos que se le han rendido durante estos felices años de sanz-barcinismo. Años para los asnales, si no para los anales –del reyno, por supuesto–. ¿Que UPN no se acordó de los jóvenes cómicos en los presupuestos? Cosas de este régimen foral que paga religiosamente, cuantas veces haga falta, el caché de Landa en el papel de navarro feliz de conocerse. El caché de Landa y el de quien lleve a la escena obras tan profundamente nuestras como aquella estrenada por aquí a raíz de los fastos y gastos del Quinto Centenario: aquella del “juglar de la Cruzada”; aquella, sí, del autor del Romancero carlista, que no gitano; aquella, en efecto, de Pemán, del Pemán franquista y nacionalcatólico que glosara y loara cruzadas, javieradas y otras esencias navarras tan queridas por los Rodezno: “Navarra, alcanfor de España y espliego de Occidente”. El régimen paga esos cachés y el de Mangado, cuya fundación no quedó olvidada, faltaría más, en los presupuestos. Pronto, en nuestros navarrísimos y consensuadísimos presupuestos –qué afición al teatro, a la farsa– tendrá que entrar ese veinte por cierto –como poco– del gasto ordinario del Museo de los Sanfermines que ya antes de nacer el centro temático, si no tomático, se supone que habrá que ir poniendo por delante, año tras año, para su subsistencia a precio de museo de arte contemporáneo. Yolanda o “yo, Landa”. Hay donde elegir.
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Lágrimas en la oscuridad
Vendedores

Qué lejos queda aquella película documental de los hermanos Maysles en la que cuatro incombustibles vendedores a domicilio intentaban colocar una Biblia de 40 dólares a gente que ni por asomo tenía 40 dólares y que, en el ejercicio de su derecho constitucional, entreabría la puerta con un rifle. Aquellas ventas suponían unas escaramuzas, unos combates dialécticos de altura épica. Qué lejos de aquellas imágenes una imagen actual que no por recurrente deja de sorprenderme cada vez que la veo: el feliz autor de un nuevo libro, tras la consabida y al parecer inevitable rueda de prensa anunciadora de la buena nueva, posa ante la cámara y muestra ostensiblemente la criatura que acaba de traer al mundo. ¿Cómo se llega a esas fotos? ¿Es el editor, el agente literario, el fotógrafo o el propio autor quien supone que, enseñando así el producto, éste tendrá salida mercantil? Y, en serio, ¿se vende algún producto así, sin más, por enseñarlo? En lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es que, se trate de lo que se trate, no se trata más que de vender. Va a haber que estar de acuerdo con las últimas declaraciones de la Conferencia Episcopal en que venimos del mundo de Lenin y Hitler y en él permanecemos: el mundo como representación publicitaria en el que hasta los obispos venden sus bíblicas moralidades. Ver el telediario es poco más que ver la aparición de una ordenada colección de vendedores, cada cual en su escenario –esos paneles de fondo llenos de logos–, de la política al deporte, pasando por los obispos y la publicidad que de sí mismas hacen las propias cadenas al informarnos de los bien que han quedado en tal o cual encuesta. Faltaría más, los telediarios no han dejado de informarnos de que dos curtidos vendedores, Sanz y Blanco, con similares tablas en el oficio, aunque distinta filiación política –lo que para los efectos carece de relevancia–, se juntaron el otro día a comer para preparar la venta de, entre otros éxitos, un tren rápido que van a colocarnos ya.

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Noviembre 13, 2009 1 opinión
Train a commin’
El ejercicio ha sido provechoso
Capitalidad cultural
Francisco Patxi Mangado es el único arquitecto del mundo que no ha sabido resolver lo que cualquier diseñador, a fastidiosa y tardía petición del cliente, resolvería en segundos: cómo meter en un espacio dado el doble de texto del inicialmente previsto. A Francisco Mangado se le olvidó que se hacía llamar Patxi cuando rotuló el Baluarte. De tamaño olvido surgió la fastidiosa y tardía requisitoria parlamentaria para que rotulase el edificio también en euskera. Cualquier diseñador, con la inestimable ayuda de las herramientas tipográficas propias de su oficio, hubiera resuelto eso en cuestión de segundos; pero Mangado no supo o simplemente no quiso resolverlo y saludó a sus señorías con el más profesional de sus desdenes. Hacer una plaza –no hablemos ya de crear un espacio público– tampoco está entre las cosas que se le dan francamente bien a Mangado. Ya se sabe que la plaza del Baluarte hubo que levantarla y volverla a hacer. Por una reciente sentencia acabamos de conocer que entre los varios y diversos olvidos del arquitecto barciniense estuvo el de no acordarse de iluminar adecuadamente esa misma plaza, ni cuando la hizo al detalle ni al rehacerla. Así que el Ayuntamiento hubo de acudir al rescate para poner en ella lo que se dice que pedía Goethe al final de sus días: más luz. Pero como es tan corriente en época barciniense, el Ayuntamiento pamplonés quería iluminar la plaza de Mangado saltándose la normativa a la torera. El Parlamento, dado que en sus paredes iban a caer literalmente algunos lamparones, protestó. Barcina replicó que si Príncipe de Viana, tan mirada como es con esas cosas, no rechistaba, ¿qué problema había? El juez acaba de sentenciar que aunque Príncipe de Viana no rechistara –como debía haber hecho y como no suele hacer desde que impera Barcina–, no puede iluminarse la plaza que Mangado olvidó iluminar de tan grosera manera como el Ayuntamiento pretendía. Y así, día a día, verso a verso, vamos peleando por las capitalidad europea de la cultura.
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Train a commin’
Velocidad
A los que nos tira más el Moliner que otros diccionarios… Y hablando de esa gran señora que fue María Moliner: en alguno de sus civivox, el Ayuntamiento de Pamplona viene homenajeando durante esta semana a María del Socorro Tellado López, infinitamente más conocida como Corín Tellado –la ingenua pornógrafa, que dijera Cabrera Infante, o Vargas Llosa, no sé–. Siendo el Ayuntamiento de Pamplona, no iba a rendir homenaje a María Moliner o a María Zambrano. A la Moliner por descontado que no, teniendo como tuvo Barcina sus trifulcas con los bibliotecarios, gremio del que estaba tan cerca la Moliner allá por 1937, cuando escribió su bello y comprometedor prólogo a Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. A María Zambrano, que abandonó España cuando el conde de Rodezno empezaba a redactar sus triunfales memorias –en puertas del otoño de 1936– y que casi no vuelve, menos todavía. Pues bien, los molineristas hubiéramos dicho que el superconsejero Miranda andaba a golpes con el diccionario cuando, en el circuito de Los Arcos, echó en cara a sus oponentes políticos que “no se dignan a venir a pedir explicaciones in situ”. A María Moliner eso de intercalar una “a” entre “dignarse” y el infinitivo que viene después le parecía mal. El último DRAE tampoco lo veía muy bien y daba este ejemplo de buen uso: “Se dignó bajar del palco”. Pero los tiempos cambian a gran velocidad y el Diccionario panhispánico de dudas dice que aunque “dignarse” se construye con infinitivo, como bien hace Mario Vargas Llosa al escribir “El inválido no se digna mirarla”, hoy hay hablantes, incluso cultos –el consejero Miranda, sin ir más lejos–, que anteponen una “a” al infinitivo y que no hay que censurarles por ello. En efecto, lo único por lo que puede censurarse al consejero Miranda es por no dar en Los Arcos ni la menor explicación de cómo un circuito semiprivado de 5 ó 6 millones se convierte de la noche a la mañana en un gasto público de 50 ó 60, sin que nadie se digne responder de nada.
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